Paciente
espera sigiloso hasta que el sol asome.
Le alcanza
escuchar mis pasos para erguirse de alegría.
Luego me recibe y corteja como si
regresa con honores y glorias, después de una interminable ausencia. ¡Nada de eso es cierto!... Sin embargo acepto gustosa la bienvenida
triunfal al nuevo día.
Los
rituales se suceden mientras la rutina se consolida.
Entre las
tostadas y el café, en un gesto de modesta soberbia, Max coloca su hocico sobre
la bandeja, muestra de complicidad
consentida, del que está presente sin una invitación expresa ni una salida
segura.
Su mirada
vivaz acompasa mis manos, apropiándose de todos mis movimientos.
Conserva la serenidad de un héroe, mientras espera su
recompensa. No necesita pedirla, ni inquietarse por ella. Como todas las mañanas,
en el momento justo, obtiene su media tostada, untada apenas con queso
blanco.
Él la
olfatea primero, luego la toma desde un vértice, aprisionándola levemente con sus dientes, me
mira, y como quien tiene que cumplir una misión ancestral, se dirige certero
hacia el parque, busca el sitio más húmedo, esquivando las miradas curiosas de
habitantes o transeúntes, para por fin… enterrar su premio.
Entra
haciéndose el distraído, pero lo delata un
halo de satisfacción, propia del que presiente que su tarea está concluida, que
su trabajo está terminado, sin huellas ni testigos.
¿No
sospecha acaso, que su morro lo condena? y… que algunos pájaros intrépidos esperan el
agasajo. Como cada alborada, desde que
vive conmigo.
