cuentos y relatos cortos

lunes, 22 de noviembre de 2021

Opuestos



Como dos puntos opuestos,


Estamos alineados,


Enfrentados


Distantes y unidos,


Equivalentes y extraños.


Confrontados en la mismidad...


Y en la diferencia.


Adheridos a la similitud


O a la ausencia.


Estamos juntos


En la lógica perpetua


Inacabada, consistente


En el camino constante


De la tristeza o tal vez,


De la nostalgia

miércoles, 12 de mayo de 2021

Para una chica de ojos tristes



 Cimbronazo de espejos titilantes

Que devuelven imagenes torcidas,

Autorreferenciales… remotas...

Yo misma he mirado el mismo rumbo

Y el coraje sucumbió a la cobardía

Montada en un sistema de creencias hecho añicos

O en la ausencia de un muro de hormigón contra el que estrellarse.

Imagino tu carita decidida a ponerle fin a todo,

Una sonrisa interna del que se libera...

Un lugar tedioso donde alojarse.

Pudiste trasbordar el rumbo,

Abortar el camino,

Distraer al destino

O… regocijarte en la pena...

Sin embargo…

Una soga al cuello hizo tu marca.

Ya es tarde..

Sólo tu cabellera intensa,

Negra y tupida,

Volando por los aires 

Sin voltearte,

Sin mirar,

Desparramando tus hoja blancas 

Sin escrituras... ni enmiendas.

miércoles, 31 de marzo de 2021

“Creo Que Fueron Causas Suficientes”


     


“Me gusta mirar las bombachas  a las mujeres. 

       No hace mucho que lo descubrí. Como la mayoría de los hallazgos importantes, fue de repente, sin mediación, casi sin propuestas, ni  siquiera el producto de ameritadas investigaciones.

       Sentado en algún bar de un barrio cualquiera, situado próximo a la ventana, donde el viento se filtra quién sabe por quién o  con cuáles intenciones, vi flamear la amplia pollera de la muchacha de azul, dejando entrever su encaje blanco. 

        Distraídamente contuvo el aire voluptuoso y se empecinó en quebrarlo con las manos. Algo tímida, algo pecaminosa, imitando involuntariamente el gesto que consagró a Marilyn Monroe en Hollywood.

        Algo de lo presenciado me conmocionó, en especial luego de trasponer el espanto propio del encuentro con esos aspectos inesperados y repudiados de “uno mismo”.

       Disolví el suceso mediante la huída o el olvido, hasta que circularmente reapareció la escena, otras mujeres, otros bares, otros vientos, otras bombachas.

        Me sometí al destino, programando situaciones, haciendo cálculos exactos  entre las direcciones espontáneas de los vientos, la orientación de los ventiladores y hasta el movimiento que ocasiona  saltar una alcantarilla.

        Las mujeres facilitaban la concreción de mi búsqueda, por medio de la distracción o la provocación, luciendo lycra o algodón, tangas o bikinis, sedas o encajes.

         Mi gran artimaña… la paciencia y la espera… Sólo eso. 

         Pero no se vaya a creer que mi inquietud traspasaba el resplandor de las bombachas, a decir verdad, poco me inquietaba ver mas allá de la prenda, ni si cubría femineidades o escondía altas concentraciones de testosterona. 

         El regocijo –si es que no es un término demasiado jerárquico para definir mis sensaciones-, se limitaba a la emoción que abultaba mi vientre, y que sutilmente, perseverantemente se dirigía a mi tráquea, para ser saboreada por mis papilas, y poder así distraer la atención hacia cualquier otro elemento mundano”.

         Disconforme el juez con mi declaración, solicitó una pericia psicológica, en relación al esclarecimiento del crimen de la modelo, del que las  únicas pistas que tienen, son su afición por los ventanales aireados y su costumbre de no utilizar bombachas.

          “Yo no estoy absolutamente seguro, pero... creo que fueron causas suficientes”





lunes, 22 de marzo de 2021

El Inicio


 El azar la puso frente a una psicóloga principiante… el azar y la obra social poco exigente que tercerizaba la función a fin de reducir los pocos morlacos que erogarían en esa dudosa ciencia… Los directivos sindicalistas habrían  discutido previamente, en suculentas orgías alimentarias, fiestas Baquianas si las hay, lo absurdo de pagar por hablar…. Cuando en general el silencio es lo que tiene precio… y el mutismo facilita negocios…

Pero esa es harina de otro costal, lo cierto es que Aurora estaba sentada por primera vez en su vida, frente a esa novata, que no podia disimular su inexperiencia ni su cara cuasi adolescente. Pese a ello, impostaba un gesto de “AJAM”, propio de los analistas del lugar, jóvenes o expertos, y un cuaderno dispuesto a ser llenado con el discurso del consultante. Aurora pensó que, en tal caso, ambas eran primerizas…  Esperó la primera pregunta formal, y al estilo de un formulario de encuesta, completaba los datos que se le requería. Nombre, edad, estado civil, obra social, número de afiliado, ocupación. Notó la sorpresa de la profesional al decir que trabajaba en distintas casas de familia, por horas…

Un halo de discriminación sintió en su haber, acompasando el posible prejuicio de la joven… ¿es acaso que una doméstica no puede asistir a un terapeuta? O lo aun peor, ¿puede una psicóloga novata tener tantas exigencias sobre la ocupación de su paciente?...

Aurora sintió el impulso de levantarse e irse, sin embargo algo la retuvo en su sitio… y hasta se atrevió a preguntar sobre la mueca adusta de su oyente..  Dueña de espontaneidad la reciente graduada, invocó su sorpresa al mencionar que alguien con una preparación media se dedicara a tareas de mala paga y de dudosa reputación social… 

Conmovida por la ingenuidad de la terapeuta, la consultante optó por decir que elegía limpiar antes que cualquier otra tarea, que le despertaba pasiones infinitas, las que se independizaban de todo reconocimiento, siendo que, cualquiera podría llenar una hoja de cálculos, hacer una factura o tipear una carta gerencial, pero que muy pocos podrían ver la resurrección de una estatua de bronce opaca acompasando al vaiven de la franela con el limpiametales, o invitar a un cristal a compartir su acorde luego de una buena enjuagada, o reflejarse en la transparencia invisible de un ventanal expuesto a la magia del alcohol de quemar diluido…. Aurora relataba detalles, experiencias, su expresión era altiva y sus ojos acompañaban el movimiento simulado de su acción. Satisfecha con sus obras, Aurora era una artista del pulido, confesando finalmente que amaba fregar, que nada nunca la había hecho mas feliz, ni lo haría en el futuro.

El motivo de consulta… nunca lo desarrollo. Solo conectarse consigo misma a través de su efusión, sanó a Aurora, y la reciente terapeuta… rindió su última materia con este aprendizaje, no es lo que se hace, sino cómo y quién lo hace lo que genera una obra de arte. Desde entonces, facilitó que cada consultante, cada potencial paciente, demandante o generoso, pobre o rico, cualquiera fuera su empleo o su origen, independientemente de su aspecto o sus dones, que cada quié
n, como fuera, se iluminara por su propio deseo. ¡Y así lo hizo!


lunes, 8 de febrero de 2021

Menos por más

 "No es gran mérito que te saques buenas notas, si la escuela es tu única ocupación", me espetó la maestra delante todo el grado, con gesto adusto y voz severa… Quedé atónita, no era mi estilo hacer alarde de mi condición de mejor alumna, ni siquiera desatender mis obligaciones de buena compañera… al contrario, era predispuesta y servicial, quizás no por estilo natural sino como un pago encubierto, un especie de peaje para no ser víctima de burlas por mi característica obesa. Pero a la vista de todos, si algún merito tenía, era esa conducta colaborativa que preservaba mi integridad. 

No respondí al improperio, optando disminuir mi rendimiento, facilitando el brillo de algún otro estudiante menos favorecido por sus condiciones intelectuales o sociales, dignificando la ignorancia y nivelando para abajo. Cecilia pareció no darse cuenta, ni aludida, de mi cambio, por lo que no instó ni siquiera a emitir un comentario alentador ni reparador… Descalificada y disminuida, forjé el sendero que me guiaría por doquier… avergonzada de mis pocas cualidades, culposa por mis paupérrimos logros y aspirante al conformismo desgraciado de la chatura empoderada.

En otra instancia, la formadora, contó las tácticas que utilizaba su marido obstetra, en epocas en que las ropitas amarillas se anteponían a la sorpresa del género del retoño. El especialista respondía a la inquietud ansiosa de las embarazadas frustrándolas en su deseo, o sea, si la madre argumentaba querer tener un varón el audaz médico respondía que sería una niña, en cambio si su deseo se inclinaba a la espera de una nena, el diplomado diría que llegaría un varoncito. El fundamento de su argucia era que, si se cumplía el veredicto, el profesional ganaba un par de porotos para su quinta, y de ocurrir lo contrario, la parturienta se sentiría tan feliz que no recordaría las palabras del sabio doctor. O sea, si salía cara ganaba él y si salía ceca, perdía ella. La lógica de la especulación y el ventajismo primaba sobre la racionalidad o la afectividad. Triunfaba la timba a la sapiencia, la manipulación a la ética-

Amén de ello, la seño, nos enseñaba algo de lengua, un poco de historia, alguna localización geográfica, matemática elemental, en la que se suma los negativos y se restan los positivos, podría decirse que la balanza se inclinaba al menos. Sin embargo, un abrazo, un buen día chicos, una sonrisa comprensiva ante algun equívoco, una palabra contenedora para quién sufría, un muy bien diez hacía de ella la mejor maestra… Claro, imagínense, lo que serían las otras


.



Misérrimos Miserables

 Bajé la mirada. Era un automatismo aprendido desde tiempos inmemoriales ante la audaz contemplación masculina, transpolado por arbitrio desconocido, a cualquier otro suceso que me incomode o avergüence. De los pies hacia arriba, un rubor se transportó a mi rostro tiñéndome las mejillas de un tono rojo carmín que desentonaba con la azulada nevisca de las nubes.

Inexplicablemente, su rostro quedó pegado en el interior de mis parpados, hamacándose en un vaivén involuntario. Así como, cuando se quiere sacar una basurita molesta del ojo, imperceptible pero importuna, destapé mi visión al tope exponiendo mis pupilas a la claridad máxima de ese mediodía. Allí estaba, esmirriado, andrajoso, renegrido el rostro de tanta mugre ensimismada. Escaso metro treinta medía, su porte y su mirada ajada secaban mis axilas.  Observaba nostálgico el devenir catastrófico de mi sandwich de milanesa, en plena plaza San Martín… abstraído de la mundana realidad, desparramaba fluidos salivales ante la sola fantasía de hincarle un diente a mi carnoso almuerzo… En tanto, yo, podría haber prescindido de ese emparedado, y también de otros, hacía años que el hambre se distraía con el aburrimiento, y que la costumbre del descanso laboral antecedía a cualquier inquietud alimenticia. Comía por inercia y cuando increpaba a la inercia, la queja y el malestar tomaban la palabra. Que si la porción era grande, que si era chica, que si el hartazgo de lo invariable, que si lo cotidiano me hacía ruido, que si sola o acompañada...

Sin embargo, ese mediodia, vislumbré una nueva historia, la historia del poder, de la necesidad o del deseo. En mi vida burguesa, vulgar y ridícula, algo valioso tenía entre mis manos. chorreante y grasiento. Por primera vez, otro envidiaba mi pertenencia… Un halo de superioridad me atravesó… un instante, no me importó que aquel cara sucia, famélico, mendigara sin más un roído sandwich, mordisqueado y baboso…. Me sentí una capitalista descarnada y cruel, víctima y victimaria del sistema atroz que hemos construido. Ostentando hasta el pecado, tragué el último bocado, casi sin masticarlo. Me generó una especie de arcada que, sumado a la angurria, hizo que despidiera la totalidad de mi ingesta junto a mi dentadura postiza, manchando mis ropas, mis manos y mi cartera. Desesperada, me arrojé al piso rescatando la valiosa prótesis a ultranza.

El niño rió a carcajadas, desdibujó su facie famélica adquiriendo un rostro divertido e infantil… se irguió sobre sus pies y con la sabiduría de un maestro corrió hacia mí, espetando: Dios le da pan a quien no tiene dientes.

Eramos iguales, ambos compartimos la misma misérrima miseria, y ambos


lo supimos para siempre


sábado, 23 de enero de 2021

El cuento del tío

Le había sido difícil conciliar el sueño. Su mente recorría y se detenía en cada rincón lacerado de su cuerpo, observando día a día, un músculo o articulación, sumaba su existencia… A veces, cuando gozaba de buen humor, María disfrutaba esos dolores pensando que su antigua profesora de anatomía se sentiría orgullosa al saber cuánto había aprendido en los últimos años… claro, pero a través de los propios diagnósticos médicos… Entonces comprendía, que su vieja docente, hacía tiempo que no respiraba el aire de esta atmósfera.

Esa dificultad nocturna era estructural en su vida, pero últimamente se había agravado, luego de la muerte repentina de Raúl… Un dato más que a su parecer, corroboraba la ironía contradictoria de la especie. Tanto tiempo reclamando el sector propio de la cama, para que, cuando lo consiguiera, la inmensidad exasperante de la ausencia, hacía que se comprimiese en un escaso espacio, esquivando así, al vacío eterno de la falta irremediable…

Después de la ingesta de algunos tés relajantes y un recorrido mental por episodios aislados de su vida, pudo dormirse.  

La sorprendió el ruido enloquecedor del teléfono, que clamaba ser atendido.

-Menos mal, que Adelina me lo puso al lado de la cama, así no me enfrío yendo al living. –pensó ligeramente.

Con los inconvenientes propios de la oscuridad y la torpeza potenciada por los años,el timbre del aparato se despachó a gusto. Finalmente, María atendió con un tímido saludo.

En respuesta, una voz sollozante de jovencita desesperada:

-Abuela, abuela, me tienen acá y me van a matar, por favor… ayúdame

Describir el corazón de María en ese instante, sería un abuso del lenguaje, no habiendo palabras que pudiesen representar el malestar, el aceleramiento y la arritmia simultánea de su órgano vital. 

Solo atinó a responder, con voz confusa y aletargada:

 -Marcela…

Instantáneamente una voz masculina, con gravedad suprema, replicó:

-Vieja, si no entregas los treinta mil dolares que tenes en tu casa, ¡no la vas volver a ver viva!

-Yo no tengo ese dinero, solo tengo mil dolares, que me dieron por una diferencia en la pensión de Raúl… no tengo otra cosa, pero no le hagan nada a mi nieta… ¡por favor!...  Sus vocablos aprisionaban su garganta como una soga de ahorque en plena ejecución.

-No es lo que nosotros sabemos, está arriesgando la vida de su nieta… -a lo lejos se escuchaban gritos sórdidos de una mujer.

-Solo tengo eso, la plata que cobré este mes y las alianzas de oro, la mía y la de mi marido…- ya hablaba entremezclando su voz con un franco llanto  

- ¡Está bien! - fue la respuesta desairada- en cinco minutos asómese por la ventana y arroje todo lo que tiene en una bolsa de plástico… nosotros la recogeremos… Y… si todo está correcto… liberaremos a la piba.

 Entre angustia y resolución, sin dudar un instante, María obedeció, procediendo a la misión. No pensó en otra cosa que salvar a la adolescente, y tal vez un poquito, en recobrar la sensación de utilidad, que la sociedad le había despojado.

Esperó unos minutos, puso a calentar el agua, esperando que Marcela le tocara el timbre, para recibirla con un té reparador… “pobrecita… vaya a saber todo lo que tuvo que sufrir” … Sin embargo, la joven no arribó.

La anciana meditó en que debió ir en búsqueda del cobijo de su madre. Igual mantuvo la vigilia en el resto de la noche, porque no quería incomodar a Adelina con preguntas y ansiedades. 

En un horario prudente, se comunicó, y como no dándose por enterada, requirió por su nieta…

-Marcela, está durmiendo todavía. Ayer se quedó estudiando con los compañeros en casa hasta las 5 de la mañana, porque mañana rinde el examen de ingreso a la universidad. ¡Es mejor que descanse un poco!…

Confusa y atónita, relató a su hija, lo acontecido en la noche tétrica, obteniendo como única respuesta:

- ¡Ay mamá!... ¡siempre la misma tonta!, te hicieron el cuento del tío, lo que ahora llaman un secuestro virtual. Y… para colmo, te quedaste sin plata. ¡Te dije que no atendieras el teléfono por la noche!

A María se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no articuló palabra para que su hija no la descubriera… y no siguiera retándola…Pero, sabía que tenía razón, al fin y al cabo, ¡Ni el nombre había dicho la chica que gimoteaba!

Cortó… y lloró desconsoladamente, repitiendo solamente. ¡Gracias a Dios, Marcela está bien! 

¡Su nieta estaba a salvo!