Le había sido difícil conciliar el sueño. Su mente recorría y se detenía en cada rincón lacerado de su cuerpo, observando día a día, un músculo o articulación, sumaba su existencia… A veces, cuando gozaba de buen humor, María disfrutaba esos dolores pensando que su antigua profesora de anatomía se sentiría orgullosa al saber cuánto había aprendido en los últimos años… claro, pero a través de los propios diagnósticos médicos… Entonces comprendía, que su vieja docente, hacía tiempo que no respiraba el aire de esta atmósfera.
Esa dificultad nocturna era estructural en su vida, pero últimamente se había agravado, luego de la muerte repentina de Raúl… Un dato más que a su parecer, corroboraba la ironía contradictoria de la especie. Tanto tiempo reclamando el sector propio de la cama, para que, cuando lo consiguiera, la inmensidad exasperante de la ausencia, hacía que se comprimiese en un escaso espacio, esquivando así, al vacío eterno de la falta irremediable…
Después de la ingesta de algunos tés relajantes y un recorrido mental por episodios aislados de su vida, pudo dormirse.
La sorprendió el ruido enloquecedor del teléfono, que clamaba ser atendido.
-Menos mal, que Adelina me lo puso al lado de la cama, así no me enfrío yendo al living. –pensó ligeramente.
Con los inconvenientes propios de la oscuridad y la torpeza potenciada por los años,el timbre del aparato se despachó a gusto. Finalmente, María atendió con un tímido saludo.
En respuesta, una voz sollozante de jovencita desesperada:
-Abuela, abuela, me tienen acá y me van a matar, por favor… ayúdame
Describir el corazón de María en ese instante, sería un abuso del lenguaje, no habiendo palabras que pudiesen representar el malestar, el aceleramiento y la arritmia simultánea de su órgano vital.
Solo atinó a responder, con voz confusa y aletargada:
-Marcela…
Instantáneamente una voz masculina, con gravedad suprema, replicó:
-Vieja, si no entregas los treinta mil dolares que tenes en tu casa, ¡no la vas volver a ver viva!
-Yo no tengo ese dinero, solo tengo mil dolares, que me dieron por una diferencia en la pensión de Raúl… no tengo otra cosa, pero no le hagan nada a mi nieta… ¡por favor!... Sus vocablos aprisionaban su garganta como una soga de ahorque en plena ejecución.
-No es lo que nosotros sabemos, está arriesgando la vida de su nieta… -a lo lejos se escuchaban gritos sórdidos de una mujer.
-Solo tengo eso, la plata que cobré este mes y las alianzas de oro, la mía y la de mi marido…- ya hablaba entremezclando su voz con un franco llanto
- ¡Está bien! - fue la respuesta desairada- en cinco minutos asómese por la ventana y arroje todo lo que tiene en una bolsa de plástico… nosotros la recogeremos… Y… si todo está correcto… liberaremos a la piba.
Entre angustia y resolución, sin dudar un instante, María obedeció, procediendo a la misión. No pensó en otra cosa que salvar a la adolescente, y tal vez un poquito, en recobrar la sensación de utilidad, que la sociedad le había despojado.
Esperó unos minutos, puso a calentar el agua, esperando que Marcela le tocara el timbre, para recibirla con un té reparador… “pobrecita… vaya a saber todo lo que tuvo que sufrir” … Sin embargo, la joven no arribó.
La anciana meditó en que debió ir en búsqueda del cobijo de su madre. Igual mantuvo la vigilia en el resto de la noche, porque no quería incomodar a Adelina con preguntas y ansiedades.
En un horario prudente, se comunicó, y como no dándose por enterada, requirió por su nieta…
-Marcela, está durmiendo todavía. Ayer se quedó estudiando con los compañeros en casa hasta las 5 de la mañana, porque mañana rinde el examen de ingreso a la universidad. ¡Es mejor que descanse un poco!…
Confusa y atónita, relató a su hija, lo acontecido en la noche tétrica, obteniendo como única respuesta:
- ¡Ay mamá!... ¡siempre la misma tonta!, te hicieron el cuento del tío, lo que ahora llaman un secuestro virtual. Y… para colmo, te quedaste sin plata. ¡Te dije que no atendieras el teléfono por la noche!
A María se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no articuló palabra para que su hija no la descubriera… y no siguiera retándola…Pero, sabía que tenía razón, al fin y al cabo, ¡Ni el nombre había dicho la chica que gimoteaba!
Cortó… y lloró desconsoladamente, repitiendo solamente. ¡Gracias a Dios, Marcela está bien!
¡Su nieta estaba a salvo!