“Me gusta mirar las bombachas a las mujeres.
No hace mucho que lo descubrí. Como la mayoría de los hallazgos importantes, fue de repente, sin mediación, casi sin propuestas, ni siquiera el producto de ameritadas investigaciones.
Sentado en algún bar de un barrio cualquiera, situado próximo a la ventana, donde el viento se filtra quién sabe por quién o con cuáles intenciones, vi flamear la amplia pollera de la muchacha de azul, dejando entrever su encaje blanco.
Distraídamente contuvo el aire voluptuoso y se empecinó en quebrarlo con las manos. Algo tímida, algo pecaminosa, imitando involuntariamente el gesto que consagró a Marilyn Monroe en Hollywood.
Algo de lo presenciado me conmocionó, en especial luego de trasponer el espanto propio del encuentro con esos aspectos inesperados y repudiados de “uno mismo”.
Disolví el suceso mediante la huída o el olvido, hasta que circularmente reapareció la escena, otras mujeres, otros bares, otros vientos, otras bombachas.
Me sometí al destino, programando situaciones, haciendo cálculos exactos entre las direcciones espontáneas de los vientos, la orientación de los ventiladores y hasta el movimiento que ocasiona saltar una alcantarilla.
Las mujeres facilitaban la concreción de mi búsqueda, por medio de la distracción o la provocación, luciendo lycra o algodón, tangas o bikinis, sedas o encajes.
Mi gran artimaña… la paciencia y la espera… Sólo eso.
Pero no se vaya a creer que mi inquietud traspasaba el resplandor de las bombachas, a decir verdad, poco me inquietaba ver mas allá de la prenda, ni si cubría femineidades o escondía altas concentraciones de testosterona.
El regocijo –si es que no es un término demasiado jerárquico para definir mis sensaciones-, se limitaba a la emoción que abultaba mi vientre, y que sutilmente, perseverantemente se dirigía a mi tráquea, para ser saboreada por mis papilas, y poder así distraer la atención hacia cualquier otro elemento mundano”.
Disconforme el juez con mi declaración, solicitó una pericia psicológica, en relación al esclarecimiento del crimen de la modelo, del que las únicas pistas que tienen, son su afición por los ventanales aireados y su costumbre de no utilizar bombachas.
“Yo no estoy absolutamente seguro, pero... creo que fueron causas suficientes”



