cuentos y relatos cortos

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Darse Cuenta

 “¡Socorro!...  ¿Dónde están todos? ¿Qué infierno se los ha tragado? ¡Malditos sean! ¡Estoy harta  de esta soledad! … Este aislamiento me está matando…”

Fue el inicio de una sarta de reclamos y exabruptos que me sorprendieron a mí misma. Esas exclamaciones  tortuosas, derramadas como escupitajos consistentes e incontrolables, no me eran propias… y hasta me fastidiaban.

¿Las había dicho yo? 

¿Yo? Que me destacaba por mi comprensión…

¿Yo? Que aminoraba mis palabras a niveles casi imperceptibles para evitar desalientos… 

¿Yo?  Que apostaba hacer el bien sin mirar a quién… 

¿Yo? que apostaba a poner infinitamente la otra mejilla… 

¿Yo?  Que tenía más vocación de servicio que muchos de los curas que he conocido y con los que me he confesado…. 

¿Yo? Que bajaba la voz para no interrumpir el sonido del viento….

De pronto, como por efecto de un extraño desdoblamiento me escuchaba encarnizando sentencias, impartiendo  demandas y expresando improperios…

Habían envejecido muchos almanaques desde que José partió. No partió a los cielos, al más allá como se suele decir, sino más bien, su partida fue muy terrenal, hacia otro puerto con nombre femenino, con cintura más estrecha que la mía y caderas pronunciadas…               Claro, esta doncella, aún no había sido atravesada por cuatro partos, ni caminado cinco décadas  sobre sus patas… Igual lo entendí, después de todo, siempre se dijo que algunos pelos tienen más fuerza que una yunta de bueyes…. ¡Él lo corroboró! Eso sí, desde que se fue, a los chicos no les hizo faltar nada, todas sus necesidades estaban cubiertas, salvo que se incluya la presencia de un padre…

Por entonces, mis horas estaban hipotecadas a su crianza. No me caben dudas, fue mi inversión más gustosa y segura. Los crie, los acompañé, los besé, los amé y amo con todas mis fuerzas y energías…

Pero desde que se fueron yendo, uno a uno, una a una,  los días se fueron estirando, ampliando a niveles infantiles… como cuando la espera de Santa Claus era eterna,  dilatada…  Tiempos perezosos e interminables, los cumpleaños llegaban a los trescientos sesenta y cinco día o a unas ocho mil setecientos horas… 

Claro, eran expectativas con regocijo y juego… 

En cambio ahora, la espera es con ansiedad, con una mezcla extraña de querer que todo pase rápido y al tanto, que todo se detenga,  que se paralice, que se perpetúe…

Contradictorios y etéreos… ¡Así somos!… 

Sociales y ermitaños… un cúmulo de quién sabe qué ingredientes amalgamados con pegatina artificial… 

¡Eso somos! 

Aunque, a veces, parecemos una unidad concreta y certera, un roble inquebrantable, una apuesta infinita a poder fraccionar algún número primo.

Todos estos pensamientos iban arremetiendo mis neuronas, reduciéndolas y atomizándolas… sacándome del sitio mismo de la pavura, de la desolación, del desconsuelo… 

Y aunque usted no me crea… esa sola sensacion, me fue empoderando, abandonando  definitivamente ese lugar de mártir, de victima infeliz de acontecimientos superfluos...

Abrí mi mente a la realidad, quebré la pasividad convirtiéndome en acción, puse en funcionamiento mi deseo, mis gustos, mis pesares, mis posibilidades y mis límites… Y aquí me ve, escribiendo un relato, antes de salir a leer cuentos a los niños en el jardín de infantes y asistir en mis tiempos libres a aquellos hospitalizados que esquivaron la mano de alguna divinidad y estan librados a su suerte. ¡Ellos sí que están solos!

Ahora sí, mi solidaridad no es vergüenza ni sometimiento. Es mi palabra decidida y entera. 

Seguiría contándoles mi historia, pero no quiero aburrirlos, ademas, por la hora,  ya no puedo distraerme, me espera una clase de yoga y un té con amigas, hasta tal vez, visite a los nietos.

Solo les digo, porque toque fondo, porque entendí mi vida y conmigo, la de la humanidad, porque me supe humana…

 Por eso… ¡Al diablo con la soledad!

Hoy puedo decir que estoy viva y ¡Así me siento!!



La foto

Carente de inteligencia y de juventud, caminé los senderos de la tecnologia, con aspiraciones y recortes absurdos de quien sabe que fantasía megalómana, que me mantuviese en el éxito de una carrera, para la que era obsoleta antes de iniciarme.

Si de ilusión se vive… y la vida no es otra cosa que eso, traté de transitar cada instante, cumplimentando si no todos, la mayor parte de los “debes hacer” o "tienes que ser" que atraviesa lo transitorio, intentando no caer, y ante lo inevitable, evitar lo profundo, y si aún así, se imponía la reyerta… erguirme lo más pronto posible.

Con esa idiosincrasia y algunos machucones mal curados, seguí y perseguí, proseguí y reposé… No me dejé vencer ni siquiera por bombas silenciosas, ni por estruendos anónimos, continué descalza y con juanetes… transpirada y desposeída, orgullosa y engreída… indiferente y dolida, investida y hueca.

En ese contexto miserable… superviviendo como las cucarachas y las hormigas, resistente y etérea, claudiqué en el rectangular brillo de una cámara inteligente… sin poder más que apretar un ínfimo botón… botón que de funcionar, eternizaría un instante, un segundo, una escena, una ráfaga… que le juro por mí misma… no tendría a quién mostrarsela




Desilusión

 Cansada de la permanencia aburrida del que nada tiene y nada aspira, aburrida de agotar minutos de mi tiempo en el desafio imposible de afrontar esa manía insistente de enderezar herraduras, extenuada de la fatiga crónica, del esfuerzo unilateral, intentando arrastrar un carro sin ruedas, de acariciar la sortija sin poder aprehenderla, de minimizar los obstáculos recurrentes y aleatorios.

 Deseando revivir, mi energia vital, mis ganas de romper el aire y respirar solo oxígeno, superando las cumbreras caídas y el soliloquio consumido, aspiro la resurrección bordeando la simpleza matemática de la suma de días, de acumulación de horas pretéritas, huecas e inconsistentes.

 Me recreo… con mi piel tersa, mi sangre caliente, faroleando rincones inexplorados de una realidad adversa… resurgiendo de la nada…. Luciendo alguna pizca de encanto…

 Cansada, agotada,  confiada, desesperanzada, olvidada, recordada, espeluznante realidad en la antesala del retiro… 

 Fascinada por una ilusión imaginaria, despierto encorvada y encogida…

 Con las sabanas manchadas de ansiedades perplejas, sin sabor ni desconcierto, sin lágrimas ni desconsuelo, con las manos sangrantes y el alma en pena.




Excusas

 Busqué excusas para llorarte

Porque causas… no tenía.

Recurrí a otras historias fallidas

Para evitar volver a amarte.

Pasaron tiempos eternos

Desde aquellos gloriosos días

En los que vos me querías 

Y yo… te sentía siempre tierno.

Separamos nuestras vidas

Como tantos otros lo hicieron

Pero las esperanzas no se perdieron

Y te busqué en huellas perdidas

Hasta que finalmente te hallé

En las paginas fúnebres

Oscura, opaca, lúgubre…

Cabizbaja deambulé.

Nada cambió para mí

La misma ausencia

Igual carencia…

Todo continuó así

Sólo una foto estrecha 

Atando mis manos 

Encogidas y en vano

Destruidas, abatidas y deshechas. 



Grandioso Dali


 

Tomar consciencia

 Confinados, el equipo de expertos buscaba incansablemente alguna solución o paliativo para combatir al virus que amenazaba la continuidad de la especie…. 

¿Cómo podía ser? Se preguntaban obstinados… empatizando con los dinosaurios en el final de sus tiempos

Se resistían a creerlo, pero lo invisible se transmutaba en tangible y lo certero en vacilante...

La oscuridad caprichosa de la nada avanzaba inexorablemente, hasta que la sabia ciencia, se le interpuso creando una vacuna eficaz contra la peste insidiosa. 

Protegida la humanidad y alertada por lo acaecido, confirmó que su permanencia en el planeta, dependía de respetarlo, cuidarlo y amarlo.



martes, 24 de noviembre de 2020

El café

 Ingresó con la habitualidad de antaño y automáticamente buscó su rincón predilecto, testigo de cafes y tertulias infinitas. 

Al sentarse, distraído, observó al transeúnte que apresuraba su paso. ¡Cuánto esfuerzo inútil! Murmuró con zozobra.

Un joven mozo, apático, lo increpó. Confinó su clásico “lo de siempre”, mientras que en vano buscó al antiguo destinatario. 

Humeante, llegó el pocillo decorado con una moneda de chocolate, con la marca impresa del noble cafetín de Buenos Aires.  

Extrañó la sonrisa de Selene, sus manos desandando el papel brillante, para finalmente dar un pequeño mordisco y el resto, ofrendárselo a él, en su boca. Sus ojos húmedos se resistieron al llanto ¡Cuánto la extrañaba!

Sin pensarlo, tomó una servilleta e improvisó un barquillo de papel, dibujó sus nombres y un corazó


n partido, invitándolo a navegar en el constreñido cauce del recipiente.

Se marchó. Debía acudir al funeral