“¡Socorro!... ¿Dónde están todos? ¿Qué infierno se los ha tragado? ¡Malditos sean! ¡Estoy harta de esta soledad! … Este aislamiento me está matando…”
Fue el inicio de una sarta de reclamos y exabruptos que me sorprendieron a mí misma. Esas exclamaciones tortuosas, derramadas como escupitajos consistentes e incontrolables, no me eran propias… y hasta me fastidiaban.
¿Las había dicho yo?
¿Yo? Que me destacaba por mi comprensión…
¿Yo? Que aminoraba mis palabras a niveles casi imperceptibles para evitar desalientos…
¿Yo? Que apostaba hacer el bien sin mirar a quién…
¿Yo? que apostaba a poner infinitamente la otra mejilla…
¿Yo? Que tenía más vocación de servicio que muchos de los curas que he conocido y con los que me he confesado….
¿Yo? Que bajaba la voz para no interrumpir el sonido del viento….
De pronto, como por efecto de un extraño desdoblamiento me escuchaba encarnizando sentencias, impartiendo demandas y expresando improperios…
Habían envejecido muchos almanaques desde que José partió. No partió a los cielos, al más allá como se suele decir, sino más bien, su partida fue muy terrenal, hacia otro puerto con nombre femenino, con cintura más estrecha que la mía y caderas pronunciadas… Claro, esta doncella, aún no había sido atravesada por cuatro partos, ni caminado cinco décadas sobre sus patas… Igual lo entendí, después de todo, siempre se dijo que algunos pelos tienen más fuerza que una yunta de bueyes…. ¡Él lo corroboró! Eso sí, desde que se fue, a los chicos no les hizo faltar nada, todas sus necesidades estaban cubiertas, salvo que se incluya la presencia de un padre…
Por entonces, mis horas estaban hipotecadas a su crianza. No me caben dudas, fue mi inversión más gustosa y segura. Los crie, los acompañé, los besé, los amé y amo con todas mis fuerzas y energías…
Pero desde que se fueron yendo, uno a uno, una a una, los días se fueron estirando, ampliando a niveles infantiles… como cuando la espera de Santa Claus era eterna, dilatada… Tiempos perezosos e interminables, los cumpleaños llegaban a los trescientos sesenta y cinco día o a unas ocho mil setecientos horas…
Claro, eran expectativas con regocijo y juego…
En cambio ahora, la espera es con ansiedad, con una mezcla extraña de querer que todo pase rápido y al tanto, que todo se detenga, que se paralice, que se perpetúe…
Contradictorios y etéreos… ¡Así somos!…
Sociales y ermitaños… un cúmulo de quién sabe qué ingredientes amalgamados con pegatina artificial…
¡Eso somos!
Aunque, a veces, parecemos una unidad concreta y certera, un roble inquebrantable, una apuesta infinita a poder fraccionar algún número primo.
Todos estos pensamientos iban arremetiendo mis neuronas, reduciéndolas y atomizándolas… sacándome del sitio mismo de la pavura, de la desolación, del desconsuelo…
Y aunque usted no me crea… esa sola sensacion, me fue empoderando, abandonando definitivamente ese lugar de mártir, de victima infeliz de acontecimientos superfluos...
Abrí mi mente a la realidad, quebré la pasividad convirtiéndome en acción, puse en funcionamiento mi deseo, mis gustos, mis pesares, mis posibilidades y mis límites… Y aquí me ve, escribiendo un relato, antes de salir a leer cuentos a los niños en el jardín de infantes y asistir en mis tiempos libres a aquellos hospitalizados que esquivaron la mano de alguna divinidad y estan librados a su suerte. ¡Ellos sí que están solos!
Ahora sí, mi solidaridad no es vergüenza ni sometimiento. Es mi palabra decidida y entera.
Seguiría contándoles mi historia, pero no quiero aburrirlos, ademas, por la hora, ya no puedo distraerme, me espera una clase de yoga y un té con amigas, hasta tal vez, visite a los nietos.
Solo les digo, porque toque fondo, porque entendí mi vida y conmigo, la de la humanidad, porque me supe humana…
Por eso… ¡Al diablo con la soledad!
Hoy puedo decir que estoy viva y ¡Así me siento!!

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