Querida humanidad
He decidido escribirles hoy, luego de muchos años, diría siglos, de leerlos a través de las misivas de niños pequeños y de no tan mocitos.
Rompo el silencio luego de haber aceptado pacientemente distintos caprichos y exageraciones, tolerado que me invoquen con diversos apodos, resistido a que me imiten con disfraces patéticos que bordean la humillación, soportado la popularidad de la mano de una gaseosa, aguantado la falta de pudor de esgrimir mi investidura para amedrentar a los chicos y lo que es peor, haber sido usado como pivote fundamental para fines meramente comerciales….
He sobrellevado todo esto, encarnando el silencio, poniendo un manto de piedad y comprensión sin quejas ni exabruptos, sin siquiera insinuar congoja, sin denuncias ni improperios… Incógnito y sosegado como es mi filosofía y estilo.
Pero hoy… corrompido por el hartazgo, quiero alzar la voz y hacer pública mi confesión:
Señores y señoras, niñas y niños… Desde los tiempos remotos y por todos los tiempos
¡He estado equivocado!
Desde mi modesto espacio, y con los límites que me atraviesa, he aspirado a una humanidad más fraterna, equitativa y solidaria, en definitiva más justa.
He supuesto, que una ilusión, un gusto y una sonrisa infantil, oficiarían como motor inicial para que las personas sean más felices y si se me permite el prejuicio, mejores.
He sugerido que pequeños obsequios resulten una excusa para reunirse, compartir e impulsar la armonía, sin embargo los regalos terminaron siendo la causa, el motivo de la competencia y de la discordia.
He querido promover altruistamente la espiritualidad y he conseguido fomentar indeseadamente el materialismo.
Por lo que les digo, que mi propuesta fue un desacierto y las consecuencias, un despropósito.
Sin embargo, señoras y señores, niños y niñas… ¡No todo está perdido!
La reflexión es el poder que los distingue, la reflexión crítica y proactiva, aquella que les posibilite recuperar valores, que los enfrente a la necesidad de cuestionar el consumismo extremo, la que les ofrezca herramientas para reescribir la historia, aquella que les de la tranquilidad y satisfacción de ser ustedes mismos, personas sensibles, inteligentes y consideradas; espirituales, justas y solidarias; bondadosas, creativas y amables, en síntesis seres humanos… ¡Lo que son! y… ¡Aman ser!
Desde mi refugio ancestral, retorno a mi habitual sigilo. Recuerden que confío en ustedes, y si es posible… saquen a ese gordito abultado de sus arbolitos.
San Nicolás

No hay comentarios:
Publicar un comentario