-Nos encontraremos en la próxima vida-
Esas fueron sus últimas palabras, luego de sacudir su pollera y colocarse las lentes oscuras que disimulaban los parpados violáceos del llanto contenido. Él asintió, pese a que no creía en reencarnaciones ni en esas pavadas, esbozó forzada una sonrisa, en tanto, sus celestes cielos se nublaron acuosos.
No inauguraban la modalidad de encuentros y despedidas… más bien era el signo distintivo de la pareja añosa, desde el fortuito momento en que sus ojos se cruzaron en tierras lejanas, distantes para ambos. La atracción imponderable superó barreras idiomáticas y culturales, forjando una década de lazo inseparable… No era de suponer que la unión sería presencial, situados en lados opuestos del planeta, la adherencia sería mental y afectiva, y las ansias de verse se concretarían en vacaciones anuales, en destinos recónditos y mágicos, cuidadosamente elegidos.
Se acomodaron a transitar naturalmente, la ausencia imperiosa o la presencia absoluta, repitiendo ciclos de felicidad plena, incomodidad inquietante y malestar conducente, preparándose así, para las despedidas altaneras, velando el dolor emocional de los distanciamientos.
La convivencia plena, apaciguaba a los pocos días la pasión, prevaleciendo asperezas surgidas de los disímiles caracteres, opuestos no complementarios… Mientras que él disfrutaba de las alturas, las planicies la representaban a ella, mientras que el riesgo y la adrenalina lo convocaban, la paz y la armonía era su forma femenina de ser… Las comidas picantes versus los dulces empalagosos, el hacer contrapuesto al pensar, la competencia caracterizaba su masculinidad, en tanto la complementariedad era el patrimonio mujeril, expansión en vez de contracción, audacia contra miedo… Claro, había algunas similitudes, la sensibilidad, cierta obsecuencia, la atracción… y el amor…
Mirarse era partir los muros, escribirse desarmar los espacios... y las caricias… ¡qué, no podían esas caricias!… Eran capaces de derribar a las estructuras más sólidas y arraigadas… haciendo que él proyectara luminosidad y aventura y ella navegara en aras de libertad, increíblemente adquiridas.
Pasajeros de un viaje impensado, cada recorte de tiempo conllevaba en sí, una atemporalidad eterna, mágica e inaudita.
Como ocurre a veces, y acorde a lo común y constante, ambos enfermaron, él desde la espectacularidad de su estilo, ella con la discreción que la caracterizaba… El reducto temporal del hombre, se opuso -como tantas veces, a la transitoriedad de la mujer… Quisieron verse, la condena no impedía el reto indisciplinado del encuentro…
El transcurso, fue como otras veces, menos severo, más constante… ambos incómodos por el sabor amargo de la despedida, ella quiso acompasar en el fervor de su actitud, fortalecerse, ser él por momentos, escaparse a sitios inesperados e inexistentes… Las diferencias persistieron… ambos se abrazaron cálidamente, abruptamente, inquietantemente… se miraron y se vieron, se vieron y se amaron… se amaron irremediablemente… y ambos sin soltarse, pegados hasta el infinito, confesaron su amor, y ambos descaradamente dijeron que desconocían las causas de tan entrañable sentimiento…. Ambos corroboraron que se elegían, ambos certificaron que nunca se hubiesen optado…
Sin mediar excusas, ambos jugaron con la idea de la proxima vida, con detalles y acontecimientos, resolviendo diferencias, causando ideales imaginarios e imposibles, en los que el fin era, un hasta luego, y la despedida solo un desencuentro.
Apremiados por la hora, cada cual empacó sus cosas, solo las que podian empacarse…cada quien se concentró en sí mismo… cada uno se perdió en sus recuerdos.
Bajo las lentes oscuras, y las nubes húmedas, ambos, inesperadamente, fortuitamente, intrépidamente se divisaron juntos, en otro espacio, con otras ropas, con la mirada extensa… acurrucados en un suelo, viendo brillar los cielos con relámpagos y serpenteos, rayos, granizos, una tormenta incipiente inaguantable, persistente y destructiva…. La gran tormenta de 1703, atravesaba los aires… destruyendo todo vestigio de vida que hubiese. Desde un rincón ínfimo, colmados de intimidad y de miedo, bajo la promesa de un encuentro en la proxima vida, perecieron.
Sin articular palabras, entendieron el juego, otra tirada había terminado… Cruzaron los dedos, para que, en la próxima, ganaran la partida … aunque, sabían que las cartas ya estaban echadas.

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