El paso del tiempo es inevitable y sin embargo … imprevisto…
No es la única instancia en la que los humanos nos investimos de un halo mágico de negación en el que suponemos que a todos les acontecerá algún suceso, menos al sujeto que lo piensa…. O sea, lo que no se piensa, no pasa, por ende, no existe…
Históricamente hemos visto envejecer a otros, y hasta a nosotros mismos, guardando una condescendencia particular con nuestra humanidad. Apuntalados en que el pasaje es lento, meticuloso, de apariencia inofensiva, casi impalpable, que acompasa a la naturaleza con la invisibilidad exacta el movimiento inadvertido… podemos transcurrirlo sin hacer registro… o mínimamente…
No es infrecuente tener ojos diferentes para fenómenos semejantes… Tales hechos, responden a los ángulos singulares con que se miran una misma realidad, el color del cristal o simplemente la distancia prudencial que nos aleja o acerca al suceso en cuestión…
Una curiosidad notoria, que vale decir, es lo inversamente proporcional que resulta la lectura de los años a otras situaciones vitales, de hecho, en general, cuánto más palpamos la tragedia más nos sensibiliza, porque aunque resulte cruel, nos conmueve mucho más la hambruna próxima, que la que acontece entrañablemente en tierras lejanas… sin embargo respecto al paso del tiempo, lo común es escuchar que la gente se siente más joven de lo que indica su propio calendario, o que al menos argumentan no representar la edad que tienen o que, el reflejo ante un par, queda quebrado por la autopercepción, como si se tratara de grupos etarios disímiles o de apariencia asimétrica…
Es en este punto que comienzo mi relato, originado por la propuesta de un reencuentro entre ciertas muchachas de la secundaria de un prestigioso colegio de señoritas; todas ellas, sexagenarias. Obviamente, la convocatoria no fue masiva, centrándose la selección en coincidencias de terminación “ia” cercanía, simpatía y analogía… Sin embargo, en el fondo, y aun sin concientizarlo, de ser el curso entero citado y si la totalidad hubiese concurrido, se habría interpretado como un éxodo geriátrico o una invasión milenaria, poniendo en riesgo a la energía vital del lugar y por ende la asidua concurrencia al happy hour, naturalizado entre jovenes urbanos.
Sin mucha prisa, pero constantes, llegaron de una las absurdamente llamadas chicas. Todas fueron depositando su humanidad entera en sendas sillas alrededor de una mesa central, gastando la paciencia de los mozos ante la indecisión creciente, intentando coincidir si merendarían, compartirían una cerveza, si cada cual elegiría su propio aperitivo, que si comer, que si beber, que si primero, que si después, que si tarde o mejor temprano. Tan ensimismadas estaban en su propia música, que no registraban ni mínimamente el sonido de la incomodidad ajena.
Finalmente se decidieron… no optaron por ninguna sofisticación y ni originalidad… la convencionalidad de la cafetería se impuso, como sería la costumbre de cada individualidad, en forma independiente, pero que en esa ocasión se contaminaba, en forma indefectible, con la mirada inquisidora de las otras, que no eran ni más ni menos que la de sí mismas proyectadas, en una proporción potenciada.
Si bien ninguna adentró en detalles de su modesta existencia, se vislumbraba algunas luces que irradiaban de cada quién, al estilo de los cinco minutos de fama de algún programa televisivo de poca monta… Que maridos cuasi perfectos, que hijos exitosos, que carreras profesionales destacadas, que viajes al mundo, con pasajes abiertos y retornos libres… ¡Casi una maravilla!... ¿De la salud? No se habló, porque preocuparse por ello, denotaría la amenaza de la ancianidad… mientras todas intentaban presumir lo distante que estaban de esa fatalidad.
De contra frente a algunas y de cara a la mayoría, estaba posicionada la puerta de entrada al local. Las luces iban atemperando su intensidad a medida que el ocaso se apoderaba del día. Una de ellas, tal vez, la más simplona, alertó sobre el ingreso de la invitada faltante, la última y única que restaba. El conjunto entero se levantó, se dieron vuelta las que estaban de espalda, todas ovacionaron a viva voz el nombre de la ex alumna ausente, recreando los tiempos áulicos, sin riesgo a amonestaciones ni suspensiones. De pie y arengando su apodo a la recién llegada, - “¡Maaruu!, ¡Maaruu!!! ¡Acá estamos!” La muchacha ingresante, sorprendida y sonrojada ante tan bizarra manifestación, se dirigió con la cabeza gacha a otra mesa, donde algunas personas atónitas observaban la escena y efectivamente la conocían y esperaban…
Captada esa realidad, el grupo en cuestión se sentó de prisa, en silencio… sin sonrisas ni rubor, sin penas ni vergüenza, sin palabras de excusas ni alivios… Se miraron todas, y haciendo caso omiso a lo ocurrido, sorteando el ridículo que bordeaba la indignidad se mantuvieron hasta que una finalmente, tragando una medida inconmensurable de saliva, se atrevió a interrogar ¿Qué le habrá pasado a María que hoy no vino?...
Todas rieron descaradamente, consensuando el hilo conductor y el patrón común del transcurso del tiempo. Todas sincronizadas, sin siquiera mirarse, disciplinadas como ante la campana que anunciaba fin del recreo, todas se pusieron al unísono los anteojos.

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