cuentos y relatos cortos

viernes, 26 de junio de 2020

Autoreflexión




Me gustan los principios
Y aborrezco los finales.
Así transcurre mi vida
En un eterno comienzo de historias
Que ya sé,
Nunca han de acabar.
Sortee decisiones,
Mientras acumulé amores
Superpuse afectos
En tanto…
Confundí vínculos.
Todo me fue posible
En un mundo de imponderables.
Todo me resultó posible
En un mundo de certezas.
La conclusión: caótica.
Tengo todo…
Y en realidad…
 No tengo nada.


jueves, 25 de junio de 2020

Delivery


Concentrado en mi propia cotidianeidad, pedaleo enérgico, intentando que mis piernas aceleren el ritmo de la bicicleta y con el danzar de las ruedas, multiplique las entregas, sumando así, algunos pocos pesos a mi existencia.
Mi condición de estudiante limita mis posibilidades de un empleo formal, y el pensionado donde vivo hace perentoria la necesidad de contar con recursos para subsistir.
Andar varias horas sobre dos ruedas y con una mochila térmica, aseguro que es un trabajo difícil. Y eso que, omito la reducida paga, las exigencias extremas y relación impersonal con una app de android.
Lo transitorio es mi expectativa… Pero ¿Cuánto tiempo es transitorio?... ¿Cuánta vida se dilapida en lo temporal?
De repente algunos motoqueros con casco, impiden mi circulación. Se me aproximan violentos. Me propinan golpes por doquier.  El dolor en mi mandíbula desprende mi morral con lo recaudado. Mientras lo toman, caigo al suelo y ellos ríen. Me duele el cuerpo.  Entreabro los ojos y veo como se alejan, pero se detienen para atracarme la bicicleta.  Como en un sueño, observo la retirada.
No puedo hacer el depósito del día a tiempo. La App, mi gran jefe, me bloqueará. Esta vez, para siempre.


Recorte


Cansada de la permanencia aburrida del que nada tiene y nada aspira, aburrida de agotar minutos de mi tiempo en el desafio imposible de afrontar esa manía insistente de enderezar herraduras, extenuada de la fatiga crónica, del esfuerzo unilateral, intentando arrastrar un carro sin ruedas, de acariciar la sortija sin poder aprehenderla, de minimizar los obstáculos recurrentes y aleatorios.
Deseando revivir, mi energia vital, mis ganas de romper el aire y respirar solo oxígeno, superando las cumbreras caídas y el soliloquio consumido, aspiro la resurrección bordeando la simpleza matemática de la suma de días, de acumulación de horas pretéritas, huecas e inconsistentes.
Me recreo… con mi piel tersa, mi sangre caliente, faroleando rincones inexplorados de una realidad adversa… resurgiendo de la nada…. Luciendo alguna pizca de encanto…
Cansada, agotada,  confiada, desesperanzada, olvidada, recordada, espeluznante realidad en la antesala del retiro…
Fascinada por una ilusión imaginaria, despierto encorvada y encogida…
Con las sábanas manchadas de ansiedades perplejas, sin sabor ni desconcierto, sin lágrimas ni desconsuelo, con las manos sangrantes y el alma en pena.


Historias con Historias


No existen historias con final feliz, incluso las que lo simulan, son tan solo para distraernos de la fatalidad y la sentencia.
Reconocer este paradigma no nos hace menos vulnerables a los sentimientos amorosos... Al contrario, esa expectativa es la única excusa y razón que nos anima a abordar, disfrutar y empoderarnos en este tránsito acelerado en que transcurre la existencia.
Tal es nuestro espíritu de controlar el caos y nombrar lo inasible, lo inalcanzable, que incluso, se intenta clasificar este sentimiento motor, no sólo cualitativamente sino también cuantitativamente…
Se dice amar mas o menos, que hay recorridos interesantes y otros descartables, que si buenos o malos, que verdaderos o falsos, erróneos o acertados… todo ello representa simples intentos, ensayos incompletos y cuestionables sobre el absurdo, el sin sentido que sorteamos día a día.

Pero si de amores se trata, la historia que voy a relatar es un tanto inusual, inaudita… insólita. Se diferencia de aquellas convencionales. Esta en particular  es sin vidas en común, ni proyectos claros, ni festejos ilusorios de los catorce de febrero… Es claro que no se trata de hijos compartidos, ni cargas impositivas conflictivas, ni proyecto de pensiones ni confidencias sobre situaciones cotidianas…
Embestida de pasión, se trataba de encuentros y desencuentros en días soleados y tardes grises, expectativa incierta de atajos imponderables, reuniones hartamente esperadas, pero inconsistentes, sin embargo envueltas en una oposición original, afianzaban afectos y adherencias.

Imborrable y perenne quedó sellado el día cero, una mirada insistente y evasiva, una re mirada proponente y permisiva. Como aquellas que buscan confirmar aquello que se desconoce, y que insinúa a su vez un reencuentro primero
Atracción imponderable, locuacidad y confort en espacios inhabitados, insólitamente el aire de libertad potenció ese esbozo de sonrisa tímida y compartida… ese caminar juntos en un desconocimiento conocido, o un conocimiento extranjero…
Un rincón distraído armó lazo, carentes de cuidados y excedidos en penas… el cuerpo masculino se antepuso a la briza salvaje de los vientos del sur, desde entonces nada fue como era…

Separaciones, encuentros, viajes, expectativas, enojos, desentendimientos, ligazón absoluta, partenaire imperfecto y permanente, en los grandes períodos de ausencia, distancia alusiva que se transmutaba en detalles menores, hechos magnánimos, disparidad y emoción, ser o no ser, juntos u olvidados…
Transcurso del tiempo, hechos inmemoriales, instantes pecaminosos, otros… con un aire de soberbia y autosuficiencia… no era que se alinearan los planetas como dice el vulgo, sino mas bien que en ese rodeo natural disparados en el espacio fue surgiendo la idea, el acto, el afecto o la miseria.

No eran felices, tampoco lo contrario… no eran novios, tampoco lo opuesto, no eran amantes, ni dejaban de serlo… pero por alguna certeza inexplicable se sabían mancomunados en el mismo sitio, en el mismo lazo, en igual órbita o circuito de la existencia, en la inadaptación estructural de aceptar, sin más, la finitud y aparentar la eternidad… Intrincados, enojados, amarrados, olvidados, refundidos, humillados, enaltecidos… Cada momento era único e irrepetible, como todos los vitales, pero, en ese vínculo particular, el saberlo se imponía descarnadamente.

De largas ausencias, las presencias no denotaban hendiduras, ni cambios, algo mas envejecidos y potenciada la aceptación…. Como una película en pausa, para accionarla luego, desde la misma imagen, el mismo párrafo…
Tal vez un abrazo ferviente insinuaba un nuevo capítulo… una nueva escena que se convertiría en una continuidad discontinua o una continua discontinuidad…
Sin celos, sin perspectivas, sin proyectos, con una sumatoria de instantes, momentos, segundos, sonrisa… miradas… abrazos, caricias… acumulo impreciso de fugacidades… impronta indeleble de diluciones mágicas destinadas a la eternidad de los tiempos…

Podrían haberlo sostenido para siempre, como lo venían haciendo, con el paralelismo circundante, con la visión indefinida…
Pero la muerte… aquella eterna condena que nos circunscribe, que nos acota, que nos motiva, que nos alienta… Pero la muerte, la muerte infinita y etérea, la muerte locuaz y transparente, la muerte sabida y negada, la muerte frágil y concisa… se interpuso… ingenua y divertida, inoportuna e impune, alegre y decidida… abortando esta historia… retorciéndole el pescuezo, haciendo de las suyas, dejando  sus almas quebradas y lágrimas indelebles en sus ojos… que el viento secará
n perennemente, eternamente… por siempre… ¿jamás?

Momentos


Increíble…  Aquello que no está dentro de lo previsible, lo conocido desconocido, lo indecible y lo no dicho, sin embargo, algo de lo no hablado se pondrá en acto….
Algo de lo sospechado, se hará carne… no somos los mismos. Estás atravesado por algo que va más allá del paso del tiempo, de la idea y del símbolo…
Lo real puesto en juego… tus mismos ojos soñadores, sostenidos ilusoriamente en los parpados caídos, en tu rostro enflaquecido por el sufrimiento…  
Yo también atravesada por dolores, por inquietudes no resueltas, con miedos perennes en mis entrañas viejas…
Vos y yo… yo y vos… tan iguales, y tan distintos, en el lugar justo de la ignorancia, el preciso instante de la desilusión eterna…
Una despedida y un encuentro… Un encuentro y una despedida…
Mis ojos llorosos sabrán que no se pierde nada… Que sos un plan alternativo, la única regla real… pero disyuntiva… Una especie de manotazo de ahogado, ramita frágil que me sostiene engañosamente de la caída al vacío… existencial e inevitable.
Somos dos cuerpos desnudos, expuestos, gastados… Dos cuerpos que no se resignan, que desafían los senderos, las distancias, la certeza…
Dos almas empobrecidas… que inventan, mienten, simulan… esperan reparar para siempre, el desamor y el desvelo… sostenidos solamente, simplemente, escuetamente en dos días de gloria en los que se sintieron amados.



Lo inasible se vuelve certeza, lo imposible se trasmuta a realidad, aires de libertad convierten la diferencia en semejanza y la semejanza en diferencia…
En ese recreo infinito, la otra vida paralela, ser y no ser al mismo tiempo… presencia y ausencia, ojos perdidos en esa eternidad inexistente…
La misma torpeza que perdura, orden repetitivo de la impunidad absoluta… nada de lo que acontece es ficción, y pese a la quimera que se perpetua, una ola de realismo se sostiene… capaz que la única… donde es potable descarnarse sin morirse, y morirse respirando….

Prometí no llorar… y así lo cumplo, como tantos otros mandatos inusuales y compuestos, como aquellos que me impusieron, por convención o por costumbre, a través de un grito o una mueca, los que se impostaron solo con un gesto adusto, una mirada crítica o una palabra errónea.
Promesa otorgada, y una opresión en el pecho que denuncia… que asevera,  que confirma que es hora de despertarse… que el camino sigue en soledad… sin sueños ni fantasías, sin ese espacio onírico en el que eramos dos, sin otra ilusión que ese beso largo, un abrazo sentido, una voz suave diciendo, tal vez un mentiroso te amo, que desde entonces, a partir del momento inaugural, hasta las repeticiones alternas, superando  las barreras del tiempo y del espacio, incluso hasta el futuro lejano, despertarán en mí, una sonrisa plena o mínima… un andar erguida y orgullosa, por haber vivido, por haber sentido, por haber dispuesto,  aunque sea esto, un recreo, un segundo, un milésimo tiempo en el que me codeé con este esbozo de felicidad.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Carta de San Nicolás a las personas del mundo


Querida humanidad
He decidido escribirles hoy, luego de muchos años, diría siglos, de leerlos a través de las misivas de niños pequeños y de no tan mocitos.
 Rompo el silencio luego de haber aceptado  pacientemente distintos caprichos y exageraciones,  tolerado que me  invoquen  con diversos apodos, resistido a que  me imiten con disfraces patéticos  que bordean la humillación,  soportado la popularidad de la mano de una gaseosa,  aguantado la falta de pudor  de esgrimir mi investidura para amedrentar a los chicos y lo que es peor, haber sido usado como pivote fundamental para fines meramente comerciales….
He sobrellevado todo esto, encarnando el silencio, poniendo un manto de piedad y comprensión sin quejas ni exabruptos, sin siquiera insinuar congoja, sin denuncias ni improperios… Incógnito y sosegado como es mi filosofía y estilo.
 Pero hoy… corrompido por el hartazgo, quiero alzar la voz y hacer pública mi confesión:
Señores y señoras, niñas y niños… Desde los tiempos remotos y por todos los tiempos
¡He estado equivocado! 
Desde mi modesto espacio, y con los límites que me atraviesa,  he aspirado a una humanidad más fraterna, equitativa y solidaria, en definitiva más justa.
He supuesto, que una  ilusión, un gusto y una sonrisa infantil, oficiarían como motor inicial para que las personas sean más felices y si se me permite el prejuicio, mejores.
He sugerido que pequeños obsequios  resulten  una excusa para reunirse, compartir e impulsar la armonía, sin embargo los regalos terminaron siendo la causa, el motivo de la competencia y de la discordia.
He querido promover altruistamente la espiritualidad y he conseguido fomentar indeseadamente el materialismo.
Por lo que les digo, que mi propuesta fue un desacierto y las consecuencias, un despropósito.
Sin embargo, señoras y señores, niños y niñas… ¡No todo está perdido!
 La reflexión es el poder que los distingue, la reflexión crítica y proactiva, aquella que les posibilite recuperar valores, que los enfrente a la necesidad de cuestionar el consumismo extremo, la que les ofrezca herramientas para reescribir la historia, aquella que les de la tranquilidad y satisfacción de ser ustedes mismos, personas sensibles, inteligentes y consideradas; espirituales, justas y solidarias; bondadosas, creativas y amables, en síntesis seres humanos… ¡Lo que son! y… ¡Aman ser!
Desde mi refugio ancestral, retorno a mi habitual sigilo. Recuerden que confío en ustedes, y si es posible… saquen a ese gordito abultado de sus arbolitos.
                                                                                                                                       San Nicolás

domingo, 4 de diciembre de 2016

Desayuno

Paciente espera sigiloso hasta que el sol asome. 
Le alcanza escuchar mis pasos para erguirse de alegría.  Luego me recibe y corteja  como si regresa con honores y glorias, después de una interminable ausencia.  ¡Nada de eso es cierto!...  Sin embargo acepto gustosa la bienvenida triunfal al nuevo día.
Los rituales se suceden mientras la rutina se consolida.
Entre las tostadas y el café, en un gesto de modesta soberbia, Max coloca su hocico sobre la bandeja,  muestra de complicidad consentida, del que está presente sin una invitación expresa ni una salida segura.
Su mirada vivaz acompasa mis manos, apropiándose de todos mis movimientos.
Conserva  la serenidad de un héroe, mientras espera su recompensa. No necesita pedirla, ni inquietarse por ella. Como todas las mañanas, en el momento justo,  obtiene  su media tostada, untada apenas con queso blanco.
Él la olfatea primero, luego la toma desde un vértice,  aprisionándola levemente con sus dientes, me mira, y como quien tiene que cumplir una misión ancestral, se dirige certero hacia el parque, busca el sitio más húmedo, esquivando las miradas curiosas de habitantes o transeúntes, para por fin… enterrar su premio.
Entra haciéndose el  distraído, pero lo delata un halo de satisfacción, propia del que presiente que su tarea está concluida, que su trabajo está terminado, sin huellas ni testigos.

¿No sospecha acaso, que su morro lo condena?  y… que algunos pájaros intrépidos esperan el agasajo. Como cada alborada,  desde que vive conmigo.