Bajé la mirada. Era un automatismo aprendido desde tiempos inmemoriales ante la audaz contemplación masculina, transpolado por arbitrio desconocido, a cualquier otro suceso que me incomode o avergüence. De los pies hacia arriba, un rubor se transportó a mi rostro tiñéndome las mejillas de un tono rojo carmín que desentonaba con la azulada nevisca de las nubes.
Inexplicablemente, su rostro quedó pegado en el interior de mis parpados, hamacándose en un vaivén involuntario. Así como, cuando se quiere sacar una basurita molesta del ojo, imperceptible pero importuna, destapé mi visión al tope exponiendo mis pupilas a la claridad máxima de ese mediodía. Allí estaba, esmirriado, andrajoso, renegrido el rostro de tanta mugre ensimismada. Escaso metro treinta medía, su porte y su mirada ajada secaban mis axilas. Observaba nostálgico el devenir catastrófico de mi sandwich de milanesa, en plena plaza San Martín… abstraído de la mundana realidad, desparramaba fluidos salivales ante la sola fantasía de hincarle un diente a mi carnoso almuerzo… En tanto, yo, podría haber prescindido de ese emparedado, y también de otros, hacía años que el hambre se distraía con el aburrimiento, y que la costumbre del descanso laboral antecedía a cualquier inquietud alimenticia. Comía por inercia y cuando increpaba a la inercia, la queja y el malestar tomaban la palabra. Que si la porción era grande, que si era chica, que si el hartazgo de lo invariable, que si lo cotidiano me hacía ruido, que si sola o acompañada...
Sin embargo, ese mediodia, vislumbré una nueva historia, la historia del poder, de la necesidad o del deseo. En mi vida burguesa, vulgar y ridícula, algo valioso tenía entre mis manos. chorreante y grasiento. Por primera vez, otro envidiaba mi pertenencia… Un halo de superioridad me atravesó… un instante, no me importó que aquel cara sucia, famélico, mendigara sin más un roído sandwich, mordisqueado y baboso…. Me sentí una capitalista descarnada y cruel, víctima y victimaria del sistema atroz que hemos construido. Ostentando hasta el pecado, tragué el último bocado, casi sin masticarlo. Me generó una especie de arcada que, sumado a la angurria, hizo que despidiera la totalidad de mi ingesta junto a mi dentadura postiza, manchando mis ropas, mis manos y mi cartera. Desesperada, me arrojé al piso rescatando la valiosa prótesis a ultranza.
El niño rió a carcajadas, desdibujó su facie famélica adquiriendo un rostro divertido e infantil… se irguió sobre sus pies y con la sabiduría de un maestro corrió hacia mí, espetando: Dios le da pan a quien no tiene dientes.
Eramos iguales, ambos compartimos la misma misérrima miseria, y ambos
lo supimos para siempre






