cuentos y relatos cortos

sábado, 23 de enero de 2021

El cuento del tío

Le había sido difícil conciliar el sueño. Su mente recorría y se detenía en cada rincón lacerado de su cuerpo, observando día a día, un músculo o articulación, sumaba su existencia… A veces, cuando gozaba de buen humor, María disfrutaba esos dolores pensando que su antigua profesora de anatomía se sentiría orgullosa al saber cuánto había aprendido en los últimos años… claro, pero a través de los propios diagnósticos médicos… Entonces comprendía, que su vieja docente, hacía tiempo que no respiraba el aire de esta atmósfera.

Esa dificultad nocturna era estructural en su vida, pero últimamente se había agravado, luego de la muerte repentina de Raúl… Un dato más que a su parecer, corroboraba la ironía contradictoria de la especie. Tanto tiempo reclamando el sector propio de la cama, para que, cuando lo consiguiera, la inmensidad exasperante de la ausencia, hacía que se comprimiese en un escaso espacio, esquivando así, al vacío eterno de la falta irremediable…

Después de la ingesta de algunos tés relajantes y un recorrido mental por episodios aislados de su vida, pudo dormirse.  

La sorprendió el ruido enloquecedor del teléfono, que clamaba ser atendido.

-Menos mal, que Adelina me lo puso al lado de la cama, así no me enfrío yendo al living. –pensó ligeramente.

Con los inconvenientes propios de la oscuridad y la torpeza potenciada por los años,el timbre del aparato se despachó a gusto. Finalmente, María atendió con un tímido saludo.

En respuesta, una voz sollozante de jovencita desesperada:

-Abuela, abuela, me tienen acá y me van a matar, por favor… ayúdame

Describir el corazón de María en ese instante, sería un abuso del lenguaje, no habiendo palabras que pudiesen representar el malestar, el aceleramiento y la arritmia simultánea de su órgano vital. 

Solo atinó a responder, con voz confusa y aletargada:

 -Marcela…

Instantáneamente una voz masculina, con gravedad suprema, replicó:

-Vieja, si no entregas los treinta mil dolares que tenes en tu casa, ¡no la vas volver a ver viva!

-Yo no tengo ese dinero, solo tengo mil dolares, que me dieron por una diferencia en la pensión de Raúl… no tengo otra cosa, pero no le hagan nada a mi nieta… ¡por favor!...  Sus vocablos aprisionaban su garganta como una soga de ahorque en plena ejecución.

-No es lo que nosotros sabemos, está arriesgando la vida de su nieta… -a lo lejos se escuchaban gritos sórdidos de una mujer.

-Solo tengo eso, la plata que cobré este mes y las alianzas de oro, la mía y la de mi marido…- ya hablaba entremezclando su voz con un franco llanto  

- ¡Está bien! - fue la respuesta desairada- en cinco minutos asómese por la ventana y arroje todo lo que tiene en una bolsa de plástico… nosotros la recogeremos… Y… si todo está correcto… liberaremos a la piba.

 Entre angustia y resolución, sin dudar un instante, María obedeció, procediendo a la misión. No pensó en otra cosa que salvar a la adolescente, y tal vez un poquito, en recobrar la sensación de utilidad, que la sociedad le había despojado.

Esperó unos minutos, puso a calentar el agua, esperando que Marcela le tocara el timbre, para recibirla con un té reparador… “pobrecita… vaya a saber todo lo que tuvo que sufrir” … Sin embargo, la joven no arribó.

La anciana meditó en que debió ir en búsqueda del cobijo de su madre. Igual mantuvo la vigilia en el resto de la noche, porque no quería incomodar a Adelina con preguntas y ansiedades. 

En un horario prudente, se comunicó, y como no dándose por enterada, requirió por su nieta…

-Marcela, está durmiendo todavía. Ayer se quedó estudiando con los compañeros en casa hasta las 5 de la mañana, porque mañana rinde el examen de ingreso a la universidad. ¡Es mejor que descanse un poco!…

Confusa y atónita, relató a su hija, lo acontecido en la noche tétrica, obteniendo como única respuesta:

- ¡Ay mamá!... ¡siempre la misma tonta!, te hicieron el cuento del tío, lo que ahora llaman un secuestro virtual. Y… para colmo, te quedaste sin plata. ¡Te dije que no atendieras el teléfono por la noche!

A María se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no articuló palabra para que su hija no la descubriera… y no siguiera retándola…Pero, sabía que tenía razón, al fin y al cabo, ¡Ni el nombre había dicho la chica que gimoteaba!

Cortó… y lloró desconsoladamente, repitiendo solamente. ¡Gracias a Dios, Marcela está bien! 

¡Su nieta estaba a salvo!

El recreo

 El paso del tiempo es inevitable y sin embargo … imprevisto…

No es la única instancia en la que los humanos nos investimos de un halo mágico de negación en el que suponemos que a todos les acontecerá algún suceso, menos al sujeto que lo piensa…. O sea, lo que no se piensa, no pasa, por ende, no existe…

Históricamente hemos visto envejecer a otros, y hasta a nosotros mismos, guardando una condescendencia particular con nuestra humanidad. Apuntalados en que el pasaje es lento, meticuloso, de apariencia inofensiva, casi impalpable, que acompasa a la naturaleza con la invisibilidad exacta el movimiento inadvertido… podemos transcurrirlo sin hacer registro… o mínimamente…

No es infrecuente tener ojos diferentes para fenómenos semejantes… Tales hechos, responden a los ángulos singulares con que se miran una misma realidad, el color del cristal o simplemente la distancia prudencial que nos aleja o acerca al suceso en cuestión…

Una curiosidad notoria, que vale decir, es lo inversamente proporcional que resulta  la lectura de los años  a otras situaciones vitales, de hecho, en general, cuánto más palpamos  la tragedia más nos sensibiliza, porque aunque resulte cruel, nos conmueve mucho más la hambruna próxima, que la que acontece entrañablemente en tierras lejanas… sin embargo respecto al paso del tiempo, lo común es escuchar que la gente se siente más joven de lo que indica su propio calendario, o que al menos argumentan no representar la edad que tienen o que, el reflejo ante un par, queda quebrado por la autopercepción, como si se tratara de grupos etarios disímiles o de apariencia asimétrica…

Es en este punto que comienzo mi relato, originado por la propuesta de un reencuentro entre ciertas muchachas de la secundaria de un prestigioso colegio de señoritas; todas ellas, sexagenarias. Obviamente, la convocatoria no fue masiva, centrándose la selección en coincidencias de terminación “ia” cercanía, simpatía y analogía… Sin embargo, en el fondo, y aun sin concientizarlo, de ser el curso entero citado y si la totalidad hubiese concurrido, se habría interpretado como un éxodo geriátrico o una invasión milenaria, poniendo en riesgo a la energía vital del lugar y por ende la asidua concurrencia al happy hour, naturalizado entre jovenes urbanos.

Sin mucha prisa, pero constantes, llegaron de una las absurdamente llamadas chicas. Todas fueron depositando su humanidad entera en sendas sillas alrededor de una mesa central, gastando la paciencia de los mozos ante la indecisión creciente, intentando coincidir si merendarían, compartirían una cerveza, si cada cual elegiría su propio aperitivo, que si comer, que si beber, que si primero, que si después, que si tarde o mejor temprano. Tan ensimismadas estaban en su propia música, que no registraban ni mínimamente el sonido de la incomodidad ajena.

Finalmente se decidieron… no optaron por ninguna sofisticación y ni originalidad… la convencionalidad de la cafetería se impuso, como sería la costumbre de cada individualidad, en forma independiente, pero que en esa ocasión se contaminaba, en forma indefectible, con la mirada inquisidora de las otras, que no eran ni más ni menos que la de sí mismas proyectadas, en una proporción potenciada. 

Si bien ninguna adentró en detalles de su modesta existencia, se vislumbraba algunas luces que irradiaban de cada quién, al estilo de los cinco minutos de fama de algún programa televisivo de poca monta… Que maridos cuasi perfectos, que hijos exitosos, que carreras profesionales destacadas, que viajes al mundo, con pasajes abiertos y retornos libres… ¡Casi una maravilla!...  ¿De la salud? No se habló, porque preocuparse por ello, denotaría la amenaza de la ancianidad… mientras todas intentaban presumir lo distante que estaban de esa fatalidad.

De contra frente a algunas y de cara a la mayoría, estaba posicionada la puerta de entrada al local. Las luces iban atemperando su intensidad a medida que el ocaso se apoderaba del día. Una de ellas, tal vez, la más simplona, alertó sobre el ingreso de la invitada faltante, la última y única que restaba. El conjunto entero se levantó, se dieron vuelta las que estaban de espalda, todas ovacionaron a viva voz el nombre de la ex alumna ausente, recreando los tiempos áulicos, sin riesgo a amonestaciones ni suspensiones. De pie y arengando su apodo a la recién llegada, - “¡Maaruu!, ¡Maaruu!!! ¡Acá estamos!”  La muchacha ingresante, sorprendida y sonrojada ante tan bizarra manifestación, se dirigió con la cabeza gacha a otra mesa, donde algunas personas atónitas observaban la escena y efectivamente la conocían y esperaban…

Captada esa realidad, el grupo en cuestión se sentó de prisa, en silencio… sin sonrisas ni rubor, sin penas ni vergüenza, sin palabras de excusas ni alivios… Se miraron todas, y haciendo caso omiso a lo ocurrido, sorteando el ridículo que bordeaba la indignidad se mantuvieron hasta que una finalmente, tragando una medida inconmensurable de saliva, se atrevió a interrogar ¿Qué le habrá pasado a María que hoy no vino?...

Todas rieron descaradamente, consensuando el hilo conductor y el patrón común del transcurso del tiempo. Todas sincronizadas, sin siquiera mirarse, disciplinadas como ante la campana que anunciaba fin del recreo, todas se pusieron al unísono los anteojos.



jueves, 21 de enero de 2021

El juego

 


-Nos encontraremos en la próxima vida-

Esas fueron sus últimas palabras, luego de sacudir su pollera y colocarse las lentes oscuras que disimulaban los parpados violáceos del llanto contenido. Él asintió, pese a que no creía en reencarnaciones ni en esas pavadas, esbozó forzada una sonrisa, en tanto, sus celestes cielos se nublaron acuosos.

No inauguraban la modalidad de encuentros y despedidas… más bien era el signo distintivo de la pareja añosa, desde el fortuito momento en que sus ojos se cruzaron en tierras lejanas, distantes para ambos. La atracción imponderable superó barreras idiomáticas y culturales, forjando una década de lazo inseparable…  No era de suponer que la unión sería presencial, situados en lados opuestos del planeta, la adherencia sería mental y afectiva, y las ansias de verse se concretarían en vacaciones anuales, en destinos recónditos y mágicos, cuidadosamente elegidos.

Se acomodaron a transitar naturalmente, la ausencia imperiosa o la presencia absoluta, repitiendo ciclos de felicidad plena, incomodidad inquietante y malestar conducente, preparándose así, para las despedidas altaneras, velando el dolor emocional de los distanciamientos.

La convivencia plena, apaciguaba a los pocos días la pasión, prevaleciendo asperezas surgidas de los disímiles caracteres, opuestos no complementarios… Mientras que él disfrutaba de las alturas, las planicies la representaban a ella, mientras que el riesgo y la adrenalina lo convocaban, la paz y la armonía era su forma femenina de ser… Las comidas picantes versus los dulces empalagosos, el hacer contrapuesto al pensar, la competencia caracterizaba su masculinidad, en tanto la complementariedad era el patrimonio mujeril, expansión en vez de contracción, audacia contra miedo… Claro, había algunas similitudes, la sensibilidad, cierta obsecuencia, la atracción… y el amor…

Mirarse era partir los muros, escribirse desarmar los espacios... y las caricias… ¡qué, no podían esas caricias!… Eran capaces de derribar a las estructuras más sólidas y arraigadas… haciendo que él proyectara luminosidad y aventura y ella navegara en aras de libertad, increíblemente adquiridas.

Pasajeros de un viaje impensado, cada recorte de tiempo conllevaba en sí, una atemporalidad eterna, mágica e inaudita.

Como ocurre a veces, y acorde a lo común y constante, ambos enfermaron, él desde la espectacularidad de su estilo, ella con la discreción que la caracterizaba… El reducto temporal del hombre, se opuso -como tantas veces, a la transitoriedad de la mujer… Quisieron verse, la condena no impedía el reto indisciplinado del encuentro…

El transcurso, fue como otras veces, menos severo, más constante… ambos incómodos por el sabor amargo de la despedida, ella quiso acompasar en el fervor de su actitud, fortalecerse, ser él por momentos, escaparse a sitios inesperados e inexistentes… Las diferencias persistieron… ambos se abrazaron cálidamente, abruptamente, inquietantemente… se miraron y se vieron, se vieron y se amaron… se amaron irremediablemente… y ambos sin soltarse, pegados hasta el infinito, confesaron su amor, y ambos descaradamente dijeron que desconocían las causas de tan entrañable sentimiento…. Ambos corroboraron que se elegían, ambos certificaron que nunca se hubiesen optado…

Sin mediar excusas, ambos jugaron con la idea de la proxima vida, con detalles y acontecimientos, resolviendo diferencias, causando ideales imaginarios e imposibles, en los que el fin era, un hasta luego, y la despedida solo un desencuentro.

Apremiados por la hora, cada cual empacó sus cosas, solo las que podian empacarse…cada quien se concentró en sí mismo… cada uno se perdió en sus recuerdos. 

Bajo las lentes oscuras, y las nubes húmedas, ambos, inesperadamente, fortuitamente, intrépidamente se divisaron juntos, en otro espacio, con otras ropas, con la mirada extensa… acurrucados en un suelo, viendo brillar los cielos con relámpagos y serpenteos, rayos, granizos, una tormenta incipiente inaguantable, persistente y destructiva….  La gran tormenta de 1703, atravesaba los aires… destruyendo todo vestigio de vida que hubiese. Desde un rincón ínfimo, colmados de intimidad y de miedo, bajo la promesa de un encuentro en la proxima vida, perecieron.

Sin articular palabras, entendieron el juego, otra tirada había terminado…  Cruzaron los dedos, para que, en la próxima, ganaran la partida … aunque, sabían que las cartas ya estaban echadas.



A veces

 A veces y sólo a veces... 

Me bebería  el Atlántico, solo por volverte a ver.  

A veces y sólo a veces...

 Me tragaría los aires azules, sólo por abrazarte.

 A veces y sólo a veces... 

Caminaría para atrás, solo para encontrarme en el sitio indescifrable de tu beso.

A veces  y sólo a veces...

 Borraría mi memoria…  sólo por no recordar.. 

No para olvidar, solo para no saber..

S


i tú… si tú realmente existes.


miércoles, 25 de noviembre de 2020

Darse Cuenta

 “¡Socorro!...  ¿Dónde están todos? ¿Qué infierno se los ha tragado? ¡Malditos sean! ¡Estoy harta  de esta soledad! … Este aislamiento me está matando…”

Fue el inicio de una sarta de reclamos y exabruptos que me sorprendieron a mí misma. Esas exclamaciones  tortuosas, derramadas como escupitajos consistentes e incontrolables, no me eran propias… y hasta me fastidiaban.

¿Las había dicho yo? 

¿Yo? Que me destacaba por mi comprensión…

¿Yo? Que aminoraba mis palabras a niveles casi imperceptibles para evitar desalientos… 

¿Yo?  Que apostaba hacer el bien sin mirar a quién… 

¿Yo? que apostaba a poner infinitamente la otra mejilla… 

¿Yo?  Que tenía más vocación de servicio que muchos de los curas que he conocido y con los que me he confesado…. 

¿Yo? Que bajaba la voz para no interrumpir el sonido del viento….

De pronto, como por efecto de un extraño desdoblamiento me escuchaba encarnizando sentencias, impartiendo  demandas y expresando improperios…

Habían envejecido muchos almanaques desde que José partió. No partió a los cielos, al más allá como se suele decir, sino más bien, su partida fue muy terrenal, hacia otro puerto con nombre femenino, con cintura más estrecha que la mía y caderas pronunciadas…               Claro, esta doncella, aún no había sido atravesada por cuatro partos, ni caminado cinco décadas  sobre sus patas… Igual lo entendí, después de todo, siempre se dijo que algunos pelos tienen más fuerza que una yunta de bueyes…. ¡Él lo corroboró! Eso sí, desde que se fue, a los chicos no les hizo faltar nada, todas sus necesidades estaban cubiertas, salvo que se incluya la presencia de un padre…

Por entonces, mis horas estaban hipotecadas a su crianza. No me caben dudas, fue mi inversión más gustosa y segura. Los crie, los acompañé, los besé, los amé y amo con todas mis fuerzas y energías…

Pero desde que se fueron yendo, uno a uno, una a una,  los días se fueron estirando, ampliando a niveles infantiles… como cuando la espera de Santa Claus era eterna,  dilatada…  Tiempos perezosos e interminables, los cumpleaños llegaban a los trescientos sesenta y cinco día o a unas ocho mil setecientos horas… 

Claro, eran expectativas con regocijo y juego… 

En cambio ahora, la espera es con ansiedad, con una mezcla extraña de querer que todo pase rápido y al tanto, que todo se detenga,  que se paralice, que se perpetúe…

Contradictorios y etéreos… ¡Así somos!… 

Sociales y ermitaños… un cúmulo de quién sabe qué ingredientes amalgamados con pegatina artificial… 

¡Eso somos! 

Aunque, a veces, parecemos una unidad concreta y certera, un roble inquebrantable, una apuesta infinita a poder fraccionar algún número primo.

Todos estos pensamientos iban arremetiendo mis neuronas, reduciéndolas y atomizándolas… sacándome del sitio mismo de la pavura, de la desolación, del desconsuelo… 

Y aunque usted no me crea… esa sola sensacion, me fue empoderando, abandonando  definitivamente ese lugar de mártir, de victima infeliz de acontecimientos superfluos...

Abrí mi mente a la realidad, quebré la pasividad convirtiéndome en acción, puse en funcionamiento mi deseo, mis gustos, mis pesares, mis posibilidades y mis límites… Y aquí me ve, escribiendo un relato, antes de salir a leer cuentos a los niños en el jardín de infantes y asistir en mis tiempos libres a aquellos hospitalizados que esquivaron la mano de alguna divinidad y estan librados a su suerte. ¡Ellos sí que están solos!

Ahora sí, mi solidaridad no es vergüenza ni sometimiento. Es mi palabra decidida y entera. 

Seguiría contándoles mi historia, pero no quiero aburrirlos, ademas, por la hora,  ya no puedo distraerme, me espera una clase de yoga y un té con amigas, hasta tal vez, visite a los nietos.

Solo les digo, porque toque fondo, porque entendí mi vida y conmigo, la de la humanidad, porque me supe humana…

 Por eso… ¡Al diablo con la soledad!

Hoy puedo decir que estoy viva y ¡Así me siento!!



La foto

Carente de inteligencia y de juventud, caminé los senderos de la tecnologia, con aspiraciones y recortes absurdos de quien sabe que fantasía megalómana, que me mantuviese en el éxito de una carrera, para la que era obsoleta antes de iniciarme.

Si de ilusión se vive… y la vida no es otra cosa que eso, traté de transitar cada instante, cumplimentando si no todos, la mayor parte de los “debes hacer” o "tienes que ser" que atraviesa lo transitorio, intentando no caer, y ante lo inevitable, evitar lo profundo, y si aún así, se imponía la reyerta… erguirme lo más pronto posible.

Con esa idiosincrasia y algunos machucones mal curados, seguí y perseguí, proseguí y reposé… No me dejé vencer ni siquiera por bombas silenciosas, ni por estruendos anónimos, continué descalza y con juanetes… transpirada y desposeída, orgullosa y engreída… indiferente y dolida, investida y hueca.

En ese contexto miserable… superviviendo como las cucarachas y las hormigas, resistente y etérea, claudiqué en el rectangular brillo de una cámara inteligente… sin poder más que apretar un ínfimo botón… botón que de funcionar, eternizaría un instante, un segundo, una escena, una ráfaga… que le juro por mí misma… no tendría a quién mostrarsela




Desilusión

 Cansada de la permanencia aburrida del que nada tiene y nada aspira, aburrida de agotar minutos de mi tiempo en el desafio imposible de afrontar esa manía insistente de enderezar herraduras, extenuada de la fatiga crónica, del esfuerzo unilateral, intentando arrastrar un carro sin ruedas, de acariciar la sortija sin poder aprehenderla, de minimizar los obstáculos recurrentes y aleatorios.

 Deseando revivir, mi energia vital, mis ganas de romper el aire y respirar solo oxígeno, superando las cumbreras caídas y el soliloquio consumido, aspiro la resurrección bordeando la simpleza matemática de la suma de días, de acumulación de horas pretéritas, huecas e inconsistentes.

 Me recreo… con mi piel tersa, mi sangre caliente, faroleando rincones inexplorados de una realidad adversa… resurgiendo de la nada…. Luciendo alguna pizca de encanto…

 Cansada, agotada,  confiada, desesperanzada, olvidada, recordada, espeluznante realidad en la antesala del retiro… 

 Fascinada por una ilusión imaginaria, despierto encorvada y encogida…

 Con las sabanas manchadas de ansiedades perplejas, sin sabor ni desconcierto, sin lágrimas ni desconsuelo, con las manos sangrantes y el alma en pena.