cuentos y relatos cortos

lunes, 22 de noviembre de 2021

Opuestos



Como dos puntos opuestos,


Estamos alineados,


Enfrentados


Distantes y unidos,


Equivalentes y extraños.


Confrontados en la mismidad...


Y en la diferencia.


Adheridos a la similitud


O a la ausencia.


Estamos juntos


En la lógica perpetua


Inacabada, consistente


En el camino constante


De la tristeza o tal vez,


De la nostalgia

miércoles, 12 de mayo de 2021

Para una chica de ojos tristes



 Cimbronazo de espejos titilantes

Que devuelven imagenes torcidas,

Autorreferenciales… remotas...

Yo misma he mirado el mismo rumbo

Y el coraje sucumbió a la cobardía

Montada en un sistema de creencias hecho añicos

O en la ausencia de un muro de hormigón contra el que estrellarse.

Imagino tu carita decidida a ponerle fin a todo,

Una sonrisa interna del que se libera...

Un lugar tedioso donde alojarse.

Pudiste trasbordar el rumbo,

Abortar el camino,

Distraer al destino

O… regocijarte en la pena...

Sin embargo…

Una soga al cuello hizo tu marca.

Ya es tarde..

Sólo tu cabellera intensa,

Negra y tupida,

Volando por los aires 

Sin voltearte,

Sin mirar,

Desparramando tus hoja blancas 

Sin escrituras... ni enmiendas.

miércoles, 31 de marzo de 2021

“Creo Que Fueron Causas Suficientes”


     


“Me gusta mirar las bombachas  a las mujeres. 

       No hace mucho que lo descubrí. Como la mayoría de los hallazgos importantes, fue de repente, sin mediación, casi sin propuestas, ni  siquiera el producto de ameritadas investigaciones.

       Sentado en algún bar de un barrio cualquiera, situado próximo a la ventana, donde el viento se filtra quién sabe por quién o  con cuáles intenciones, vi flamear la amplia pollera de la muchacha de azul, dejando entrever su encaje blanco. 

        Distraídamente contuvo el aire voluptuoso y se empecinó en quebrarlo con las manos. Algo tímida, algo pecaminosa, imitando involuntariamente el gesto que consagró a Marilyn Monroe en Hollywood.

        Algo de lo presenciado me conmocionó, en especial luego de trasponer el espanto propio del encuentro con esos aspectos inesperados y repudiados de “uno mismo”.

       Disolví el suceso mediante la huída o el olvido, hasta que circularmente reapareció la escena, otras mujeres, otros bares, otros vientos, otras bombachas.

        Me sometí al destino, programando situaciones, haciendo cálculos exactos  entre las direcciones espontáneas de los vientos, la orientación de los ventiladores y hasta el movimiento que ocasiona  saltar una alcantarilla.

        Las mujeres facilitaban la concreción de mi búsqueda, por medio de la distracción o la provocación, luciendo lycra o algodón, tangas o bikinis, sedas o encajes.

         Mi gran artimaña… la paciencia y la espera… Sólo eso. 

         Pero no se vaya a creer que mi inquietud traspasaba el resplandor de las bombachas, a decir verdad, poco me inquietaba ver mas allá de la prenda, ni si cubría femineidades o escondía altas concentraciones de testosterona. 

         El regocijo –si es que no es un término demasiado jerárquico para definir mis sensaciones-, se limitaba a la emoción que abultaba mi vientre, y que sutilmente, perseverantemente se dirigía a mi tráquea, para ser saboreada por mis papilas, y poder así distraer la atención hacia cualquier otro elemento mundano”.

         Disconforme el juez con mi declaración, solicitó una pericia psicológica, en relación al esclarecimiento del crimen de la modelo, del que las  únicas pistas que tienen, son su afición por los ventanales aireados y su costumbre de no utilizar bombachas.

          “Yo no estoy absolutamente seguro, pero... creo que fueron causas suficientes”





lunes, 22 de marzo de 2021

El Inicio


 El azar la puso frente a una psicóloga principiante… el azar y la obra social poco exigente que tercerizaba la función a fin de reducir los pocos morlacos que erogarían en esa dudosa ciencia… Los directivos sindicalistas habrían  discutido previamente, en suculentas orgías alimentarias, fiestas Baquianas si las hay, lo absurdo de pagar por hablar…. Cuando en general el silencio es lo que tiene precio… y el mutismo facilita negocios…

Pero esa es harina de otro costal, lo cierto es que Aurora estaba sentada por primera vez en su vida, frente a esa novata, que no podia disimular su inexperiencia ni su cara cuasi adolescente. Pese a ello, impostaba un gesto de “AJAM”, propio de los analistas del lugar, jóvenes o expertos, y un cuaderno dispuesto a ser llenado con el discurso del consultante. Aurora pensó que, en tal caso, ambas eran primerizas…  Esperó la primera pregunta formal, y al estilo de un formulario de encuesta, completaba los datos que se le requería. Nombre, edad, estado civil, obra social, número de afiliado, ocupación. Notó la sorpresa de la profesional al decir que trabajaba en distintas casas de familia, por horas…

Un halo de discriminación sintió en su haber, acompasando el posible prejuicio de la joven… ¿es acaso que una doméstica no puede asistir a un terapeuta? O lo aun peor, ¿puede una psicóloga novata tener tantas exigencias sobre la ocupación de su paciente?...

Aurora sintió el impulso de levantarse e irse, sin embargo algo la retuvo en su sitio… y hasta se atrevió a preguntar sobre la mueca adusta de su oyente..  Dueña de espontaneidad la reciente graduada, invocó su sorpresa al mencionar que alguien con una preparación media se dedicara a tareas de mala paga y de dudosa reputación social… 

Conmovida por la ingenuidad de la terapeuta, la consultante optó por decir que elegía limpiar antes que cualquier otra tarea, que le despertaba pasiones infinitas, las que se independizaban de todo reconocimiento, siendo que, cualquiera podría llenar una hoja de cálculos, hacer una factura o tipear una carta gerencial, pero que muy pocos podrían ver la resurrección de una estatua de bronce opaca acompasando al vaiven de la franela con el limpiametales, o invitar a un cristal a compartir su acorde luego de una buena enjuagada, o reflejarse en la transparencia invisible de un ventanal expuesto a la magia del alcohol de quemar diluido…. Aurora relataba detalles, experiencias, su expresión era altiva y sus ojos acompañaban el movimiento simulado de su acción. Satisfecha con sus obras, Aurora era una artista del pulido, confesando finalmente que amaba fregar, que nada nunca la había hecho mas feliz, ni lo haría en el futuro.

El motivo de consulta… nunca lo desarrollo. Solo conectarse consigo misma a través de su efusión, sanó a Aurora, y la reciente terapeuta… rindió su última materia con este aprendizaje, no es lo que se hace, sino cómo y quién lo hace lo que genera una obra de arte. Desde entonces, facilitó que cada consultante, cada potencial paciente, demandante o generoso, pobre o rico, cualquiera fuera su empleo o su origen, independientemente de su aspecto o sus dones, que cada quié
n, como fuera, se iluminara por su propio deseo. ¡Y así lo hizo!


lunes, 8 de febrero de 2021

Menos por más

 "No es gran mérito que te saques buenas notas, si la escuela es tu única ocupación", me espetó la maestra delante todo el grado, con gesto adusto y voz severa… Quedé atónita, no era mi estilo hacer alarde de mi condición de mejor alumna, ni siquiera desatender mis obligaciones de buena compañera… al contrario, era predispuesta y servicial, quizás no por estilo natural sino como un pago encubierto, un especie de peaje para no ser víctima de burlas por mi característica obesa. Pero a la vista de todos, si algún merito tenía, era esa conducta colaborativa que preservaba mi integridad. 

No respondí al improperio, optando disminuir mi rendimiento, facilitando el brillo de algún otro estudiante menos favorecido por sus condiciones intelectuales o sociales, dignificando la ignorancia y nivelando para abajo. Cecilia pareció no darse cuenta, ni aludida, de mi cambio, por lo que no instó ni siquiera a emitir un comentario alentador ni reparador… Descalificada y disminuida, forjé el sendero que me guiaría por doquier… avergonzada de mis pocas cualidades, culposa por mis paupérrimos logros y aspirante al conformismo desgraciado de la chatura empoderada.

En otra instancia, la formadora, contó las tácticas que utilizaba su marido obstetra, en epocas en que las ropitas amarillas se anteponían a la sorpresa del género del retoño. El especialista respondía a la inquietud ansiosa de las embarazadas frustrándolas en su deseo, o sea, si la madre argumentaba querer tener un varón el audaz médico respondía que sería una niña, en cambio si su deseo se inclinaba a la espera de una nena, el diplomado diría que llegaría un varoncito. El fundamento de su argucia era que, si se cumplía el veredicto, el profesional ganaba un par de porotos para su quinta, y de ocurrir lo contrario, la parturienta se sentiría tan feliz que no recordaría las palabras del sabio doctor. O sea, si salía cara ganaba él y si salía ceca, perdía ella. La lógica de la especulación y el ventajismo primaba sobre la racionalidad o la afectividad. Triunfaba la timba a la sapiencia, la manipulación a la ética-

Amén de ello, la seño, nos enseñaba algo de lengua, un poco de historia, alguna localización geográfica, matemática elemental, en la que se suma los negativos y se restan los positivos, podría decirse que la balanza se inclinaba al menos. Sin embargo, un abrazo, un buen día chicos, una sonrisa comprensiva ante algun equívoco, una palabra contenedora para quién sufría, un muy bien diez hacía de ella la mejor maestra… Claro, imagínense, lo que serían las otras


.



Misérrimos Miserables

 Bajé la mirada. Era un automatismo aprendido desde tiempos inmemoriales ante la audaz contemplación masculina, transpolado por arbitrio desconocido, a cualquier otro suceso que me incomode o avergüence. De los pies hacia arriba, un rubor se transportó a mi rostro tiñéndome las mejillas de un tono rojo carmín que desentonaba con la azulada nevisca de las nubes.

Inexplicablemente, su rostro quedó pegado en el interior de mis parpados, hamacándose en un vaivén involuntario. Así como, cuando se quiere sacar una basurita molesta del ojo, imperceptible pero importuna, destapé mi visión al tope exponiendo mis pupilas a la claridad máxima de ese mediodía. Allí estaba, esmirriado, andrajoso, renegrido el rostro de tanta mugre ensimismada. Escaso metro treinta medía, su porte y su mirada ajada secaban mis axilas.  Observaba nostálgico el devenir catastrófico de mi sandwich de milanesa, en plena plaza San Martín… abstraído de la mundana realidad, desparramaba fluidos salivales ante la sola fantasía de hincarle un diente a mi carnoso almuerzo… En tanto, yo, podría haber prescindido de ese emparedado, y también de otros, hacía años que el hambre se distraía con el aburrimiento, y que la costumbre del descanso laboral antecedía a cualquier inquietud alimenticia. Comía por inercia y cuando increpaba a la inercia, la queja y el malestar tomaban la palabra. Que si la porción era grande, que si era chica, que si el hartazgo de lo invariable, que si lo cotidiano me hacía ruido, que si sola o acompañada...

Sin embargo, ese mediodia, vislumbré una nueva historia, la historia del poder, de la necesidad o del deseo. En mi vida burguesa, vulgar y ridícula, algo valioso tenía entre mis manos. chorreante y grasiento. Por primera vez, otro envidiaba mi pertenencia… Un halo de superioridad me atravesó… un instante, no me importó que aquel cara sucia, famélico, mendigara sin más un roído sandwich, mordisqueado y baboso…. Me sentí una capitalista descarnada y cruel, víctima y victimaria del sistema atroz que hemos construido. Ostentando hasta el pecado, tragué el último bocado, casi sin masticarlo. Me generó una especie de arcada que, sumado a la angurria, hizo que despidiera la totalidad de mi ingesta junto a mi dentadura postiza, manchando mis ropas, mis manos y mi cartera. Desesperada, me arrojé al piso rescatando la valiosa prótesis a ultranza.

El niño rió a carcajadas, desdibujó su facie famélica adquiriendo un rostro divertido e infantil… se irguió sobre sus pies y con la sabiduría de un maestro corrió hacia mí, espetando: Dios le da pan a quien no tiene dientes.

Eramos iguales, ambos compartimos la misma misérrima miseria, y ambos


lo supimos para siempre


sábado, 23 de enero de 2021

El cuento del tío

Le había sido difícil conciliar el sueño. Su mente recorría y se detenía en cada rincón lacerado de su cuerpo, observando día a día, un músculo o articulación, sumaba su existencia… A veces, cuando gozaba de buen humor, María disfrutaba esos dolores pensando que su antigua profesora de anatomía se sentiría orgullosa al saber cuánto había aprendido en los últimos años… claro, pero a través de los propios diagnósticos médicos… Entonces comprendía, que su vieja docente, hacía tiempo que no respiraba el aire de esta atmósfera.

Esa dificultad nocturna era estructural en su vida, pero últimamente se había agravado, luego de la muerte repentina de Raúl… Un dato más que a su parecer, corroboraba la ironía contradictoria de la especie. Tanto tiempo reclamando el sector propio de la cama, para que, cuando lo consiguiera, la inmensidad exasperante de la ausencia, hacía que se comprimiese en un escaso espacio, esquivando así, al vacío eterno de la falta irremediable…

Después de la ingesta de algunos tés relajantes y un recorrido mental por episodios aislados de su vida, pudo dormirse.  

La sorprendió el ruido enloquecedor del teléfono, que clamaba ser atendido.

-Menos mal, que Adelina me lo puso al lado de la cama, así no me enfrío yendo al living. –pensó ligeramente.

Con los inconvenientes propios de la oscuridad y la torpeza potenciada por los años,el timbre del aparato se despachó a gusto. Finalmente, María atendió con un tímido saludo.

En respuesta, una voz sollozante de jovencita desesperada:

-Abuela, abuela, me tienen acá y me van a matar, por favor… ayúdame

Describir el corazón de María en ese instante, sería un abuso del lenguaje, no habiendo palabras que pudiesen representar el malestar, el aceleramiento y la arritmia simultánea de su órgano vital. 

Solo atinó a responder, con voz confusa y aletargada:

 -Marcela…

Instantáneamente una voz masculina, con gravedad suprema, replicó:

-Vieja, si no entregas los treinta mil dolares que tenes en tu casa, ¡no la vas volver a ver viva!

-Yo no tengo ese dinero, solo tengo mil dolares, que me dieron por una diferencia en la pensión de Raúl… no tengo otra cosa, pero no le hagan nada a mi nieta… ¡por favor!...  Sus vocablos aprisionaban su garganta como una soga de ahorque en plena ejecución.

-No es lo que nosotros sabemos, está arriesgando la vida de su nieta… -a lo lejos se escuchaban gritos sórdidos de una mujer.

-Solo tengo eso, la plata que cobré este mes y las alianzas de oro, la mía y la de mi marido…- ya hablaba entremezclando su voz con un franco llanto  

- ¡Está bien! - fue la respuesta desairada- en cinco minutos asómese por la ventana y arroje todo lo que tiene en una bolsa de plástico… nosotros la recogeremos… Y… si todo está correcto… liberaremos a la piba.

 Entre angustia y resolución, sin dudar un instante, María obedeció, procediendo a la misión. No pensó en otra cosa que salvar a la adolescente, y tal vez un poquito, en recobrar la sensación de utilidad, que la sociedad le había despojado.

Esperó unos minutos, puso a calentar el agua, esperando que Marcela le tocara el timbre, para recibirla con un té reparador… “pobrecita… vaya a saber todo lo que tuvo que sufrir” … Sin embargo, la joven no arribó.

La anciana meditó en que debió ir en búsqueda del cobijo de su madre. Igual mantuvo la vigilia en el resto de la noche, porque no quería incomodar a Adelina con preguntas y ansiedades. 

En un horario prudente, se comunicó, y como no dándose por enterada, requirió por su nieta…

-Marcela, está durmiendo todavía. Ayer se quedó estudiando con los compañeros en casa hasta las 5 de la mañana, porque mañana rinde el examen de ingreso a la universidad. ¡Es mejor que descanse un poco!…

Confusa y atónita, relató a su hija, lo acontecido en la noche tétrica, obteniendo como única respuesta:

- ¡Ay mamá!... ¡siempre la misma tonta!, te hicieron el cuento del tío, lo que ahora llaman un secuestro virtual. Y… para colmo, te quedaste sin plata. ¡Te dije que no atendieras el teléfono por la noche!

A María se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no articuló palabra para que su hija no la descubriera… y no siguiera retándola…Pero, sabía que tenía razón, al fin y al cabo, ¡Ni el nombre había dicho la chica que gimoteaba!

Cortó… y lloró desconsoladamente, repitiendo solamente. ¡Gracias a Dios, Marcela está bien! 

¡Su nieta estaba a salvo!

El recreo

 El paso del tiempo es inevitable y sin embargo … imprevisto…

No es la única instancia en la que los humanos nos investimos de un halo mágico de negación en el que suponemos que a todos les acontecerá algún suceso, menos al sujeto que lo piensa…. O sea, lo que no se piensa, no pasa, por ende, no existe…

Históricamente hemos visto envejecer a otros, y hasta a nosotros mismos, guardando una condescendencia particular con nuestra humanidad. Apuntalados en que el pasaje es lento, meticuloso, de apariencia inofensiva, casi impalpable, que acompasa a la naturaleza con la invisibilidad exacta el movimiento inadvertido… podemos transcurrirlo sin hacer registro… o mínimamente…

No es infrecuente tener ojos diferentes para fenómenos semejantes… Tales hechos, responden a los ángulos singulares con que se miran una misma realidad, el color del cristal o simplemente la distancia prudencial que nos aleja o acerca al suceso en cuestión…

Una curiosidad notoria, que vale decir, es lo inversamente proporcional que resulta  la lectura de los años  a otras situaciones vitales, de hecho, en general, cuánto más palpamos  la tragedia más nos sensibiliza, porque aunque resulte cruel, nos conmueve mucho más la hambruna próxima, que la que acontece entrañablemente en tierras lejanas… sin embargo respecto al paso del tiempo, lo común es escuchar que la gente se siente más joven de lo que indica su propio calendario, o que al menos argumentan no representar la edad que tienen o que, el reflejo ante un par, queda quebrado por la autopercepción, como si se tratara de grupos etarios disímiles o de apariencia asimétrica…

Es en este punto que comienzo mi relato, originado por la propuesta de un reencuentro entre ciertas muchachas de la secundaria de un prestigioso colegio de señoritas; todas ellas, sexagenarias. Obviamente, la convocatoria no fue masiva, centrándose la selección en coincidencias de terminación “ia” cercanía, simpatía y analogía… Sin embargo, en el fondo, y aun sin concientizarlo, de ser el curso entero citado y si la totalidad hubiese concurrido, se habría interpretado como un éxodo geriátrico o una invasión milenaria, poniendo en riesgo a la energía vital del lugar y por ende la asidua concurrencia al happy hour, naturalizado entre jovenes urbanos.

Sin mucha prisa, pero constantes, llegaron de una las absurdamente llamadas chicas. Todas fueron depositando su humanidad entera en sendas sillas alrededor de una mesa central, gastando la paciencia de los mozos ante la indecisión creciente, intentando coincidir si merendarían, compartirían una cerveza, si cada cual elegiría su propio aperitivo, que si comer, que si beber, que si primero, que si después, que si tarde o mejor temprano. Tan ensimismadas estaban en su propia música, que no registraban ni mínimamente el sonido de la incomodidad ajena.

Finalmente se decidieron… no optaron por ninguna sofisticación y ni originalidad… la convencionalidad de la cafetería se impuso, como sería la costumbre de cada individualidad, en forma independiente, pero que en esa ocasión se contaminaba, en forma indefectible, con la mirada inquisidora de las otras, que no eran ni más ni menos que la de sí mismas proyectadas, en una proporción potenciada. 

Si bien ninguna adentró en detalles de su modesta existencia, se vislumbraba algunas luces que irradiaban de cada quién, al estilo de los cinco minutos de fama de algún programa televisivo de poca monta… Que maridos cuasi perfectos, que hijos exitosos, que carreras profesionales destacadas, que viajes al mundo, con pasajes abiertos y retornos libres… ¡Casi una maravilla!...  ¿De la salud? No se habló, porque preocuparse por ello, denotaría la amenaza de la ancianidad… mientras todas intentaban presumir lo distante que estaban de esa fatalidad.

De contra frente a algunas y de cara a la mayoría, estaba posicionada la puerta de entrada al local. Las luces iban atemperando su intensidad a medida que el ocaso se apoderaba del día. Una de ellas, tal vez, la más simplona, alertó sobre el ingreso de la invitada faltante, la última y única que restaba. El conjunto entero se levantó, se dieron vuelta las que estaban de espalda, todas ovacionaron a viva voz el nombre de la ex alumna ausente, recreando los tiempos áulicos, sin riesgo a amonestaciones ni suspensiones. De pie y arengando su apodo a la recién llegada, - “¡Maaruu!, ¡Maaruu!!! ¡Acá estamos!”  La muchacha ingresante, sorprendida y sonrojada ante tan bizarra manifestación, se dirigió con la cabeza gacha a otra mesa, donde algunas personas atónitas observaban la escena y efectivamente la conocían y esperaban…

Captada esa realidad, el grupo en cuestión se sentó de prisa, en silencio… sin sonrisas ni rubor, sin penas ni vergüenza, sin palabras de excusas ni alivios… Se miraron todas, y haciendo caso omiso a lo ocurrido, sorteando el ridículo que bordeaba la indignidad se mantuvieron hasta que una finalmente, tragando una medida inconmensurable de saliva, se atrevió a interrogar ¿Qué le habrá pasado a María que hoy no vino?...

Todas rieron descaradamente, consensuando el hilo conductor y el patrón común del transcurso del tiempo. Todas sincronizadas, sin siquiera mirarse, disciplinadas como ante la campana que anunciaba fin del recreo, todas se pusieron al unísono los anteojos.



jueves, 21 de enero de 2021

El juego

 


-Nos encontraremos en la próxima vida-

Esas fueron sus últimas palabras, luego de sacudir su pollera y colocarse las lentes oscuras que disimulaban los parpados violáceos del llanto contenido. Él asintió, pese a que no creía en reencarnaciones ni en esas pavadas, esbozó forzada una sonrisa, en tanto, sus celestes cielos se nublaron acuosos.

No inauguraban la modalidad de encuentros y despedidas… más bien era el signo distintivo de la pareja añosa, desde el fortuito momento en que sus ojos se cruzaron en tierras lejanas, distantes para ambos. La atracción imponderable superó barreras idiomáticas y culturales, forjando una década de lazo inseparable…  No era de suponer que la unión sería presencial, situados en lados opuestos del planeta, la adherencia sería mental y afectiva, y las ansias de verse se concretarían en vacaciones anuales, en destinos recónditos y mágicos, cuidadosamente elegidos.

Se acomodaron a transitar naturalmente, la ausencia imperiosa o la presencia absoluta, repitiendo ciclos de felicidad plena, incomodidad inquietante y malestar conducente, preparándose así, para las despedidas altaneras, velando el dolor emocional de los distanciamientos.

La convivencia plena, apaciguaba a los pocos días la pasión, prevaleciendo asperezas surgidas de los disímiles caracteres, opuestos no complementarios… Mientras que él disfrutaba de las alturas, las planicies la representaban a ella, mientras que el riesgo y la adrenalina lo convocaban, la paz y la armonía era su forma femenina de ser… Las comidas picantes versus los dulces empalagosos, el hacer contrapuesto al pensar, la competencia caracterizaba su masculinidad, en tanto la complementariedad era el patrimonio mujeril, expansión en vez de contracción, audacia contra miedo… Claro, había algunas similitudes, la sensibilidad, cierta obsecuencia, la atracción… y el amor…

Mirarse era partir los muros, escribirse desarmar los espacios... y las caricias… ¡qué, no podían esas caricias!… Eran capaces de derribar a las estructuras más sólidas y arraigadas… haciendo que él proyectara luminosidad y aventura y ella navegara en aras de libertad, increíblemente adquiridas.

Pasajeros de un viaje impensado, cada recorte de tiempo conllevaba en sí, una atemporalidad eterna, mágica e inaudita.

Como ocurre a veces, y acorde a lo común y constante, ambos enfermaron, él desde la espectacularidad de su estilo, ella con la discreción que la caracterizaba… El reducto temporal del hombre, se opuso -como tantas veces, a la transitoriedad de la mujer… Quisieron verse, la condena no impedía el reto indisciplinado del encuentro…

El transcurso, fue como otras veces, menos severo, más constante… ambos incómodos por el sabor amargo de la despedida, ella quiso acompasar en el fervor de su actitud, fortalecerse, ser él por momentos, escaparse a sitios inesperados e inexistentes… Las diferencias persistieron… ambos se abrazaron cálidamente, abruptamente, inquietantemente… se miraron y se vieron, se vieron y se amaron… se amaron irremediablemente… y ambos sin soltarse, pegados hasta el infinito, confesaron su amor, y ambos descaradamente dijeron que desconocían las causas de tan entrañable sentimiento…. Ambos corroboraron que se elegían, ambos certificaron que nunca se hubiesen optado…

Sin mediar excusas, ambos jugaron con la idea de la proxima vida, con detalles y acontecimientos, resolviendo diferencias, causando ideales imaginarios e imposibles, en los que el fin era, un hasta luego, y la despedida solo un desencuentro.

Apremiados por la hora, cada cual empacó sus cosas, solo las que podian empacarse…cada quien se concentró en sí mismo… cada uno se perdió en sus recuerdos. 

Bajo las lentes oscuras, y las nubes húmedas, ambos, inesperadamente, fortuitamente, intrépidamente se divisaron juntos, en otro espacio, con otras ropas, con la mirada extensa… acurrucados en un suelo, viendo brillar los cielos con relámpagos y serpenteos, rayos, granizos, una tormenta incipiente inaguantable, persistente y destructiva….  La gran tormenta de 1703, atravesaba los aires… destruyendo todo vestigio de vida que hubiese. Desde un rincón ínfimo, colmados de intimidad y de miedo, bajo la promesa de un encuentro en la proxima vida, perecieron.

Sin articular palabras, entendieron el juego, otra tirada había terminado…  Cruzaron los dedos, para que, en la próxima, ganaran la partida … aunque, sabían que las cartas ya estaban echadas.



A veces

 A veces y sólo a veces... 

Me bebería  el Atlántico, solo por volverte a ver.  

A veces y sólo a veces...

 Me tragaría los aires azules, sólo por abrazarte.

 A veces y sólo a veces... 

Caminaría para atrás, solo para encontrarme en el sitio indescifrable de tu beso.

A veces  y sólo a veces...

 Borraría mi memoria…  sólo por no recordar.. 

No para olvidar, solo para no saber..

S


i tú… si tú realmente existes.


miércoles, 25 de noviembre de 2020

Darse Cuenta

 “¡Socorro!...  ¿Dónde están todos? ¿Qué infierno se los ha tragado? ¡Malditos sean! ¡Estoy harta  de esta soledad! … Este aislamiento me está matando…”

Fue el inicio de una sarta de reclamos y exabruptos que me sorprendieron a mí misma. Esas exclamaciones  tortuosas, derramadas como escupitajos consistentes e incontrolables, no me eran propias… y hasta me fastidiaban.

¿Las había dicho yo? 

¿Yo? Que me destacaba por mi comprensión…

¿Yo? Que aminoraba mis palabras a niveles casi imperceptibles para evitar desalientos… 

¿Yo?  Que apostaba hacer el bien sin mirar a quién… 

¿Yo? que apostaba a poner infinitamente la otra mejilla… 

¿Yo?  Que tenía más vocación de servicio que muchos de los curas que he conocido y con los que me he confesado…. 

¿Yo? Que bajaba la voz para no interrumpir el sonido del viento….

De pronto, como por efecto de un extraño desdoblamiento me escuchaba encarnizando sentencias, impartiendo  demandas y expresando improperios…

Habían envejecido muchos almanaques desde que José partió. No partió a los cielos, al más allá como se suele decir, sino más bien, su partida fue muy terrenal, hacia otro puerto con nombre femenino, con cintura más estrecha que la mía y caderas pronunciadas…               Claro, esta doncella, aún no había sido atravesada por cuatro partos, ni caminado cinco décadas  sobre sus patas… Igual lo entendí, después de todo, siempre se dijo que algunos pelos tienen más fuerza que una yunta de bueyes…. ¡Él lo corroboró! Eso sí, desde que se fue, a los chicos no les hizo faltar nada, todas sus necesidades estaban cubiertas, salvo que se incluya la presencia de un padre…

Por entonces, mis horas estaban hipotecadas a su crianza. No me caben dudas, fue mi inversión más gustosa y segura. Los crie, los acompañé, los besé, los amé y amo con todas mis fuerzas y energías…

Pero desde que se fueron yendo, uno a uno, una a una,  los días se fueron estirando, ampliando a niveles infantiles… como cuando la espera de Santa Claus era eterna,  dilatada…  Tiempos perezosos e interminables, los cumpleaños llegaban a los trescientos sesenta y cinco día o a unas ocho mil setecientos horas… 

Claro, eran expectativas con regocijo y juego… 

En cambio ahora, la espera es con ansiedad, con una mezcla extraña de querer que todo pase rápido y al tanto, que todo se detenga,  que se paralice, que se perpetúe…

Contradictorios y etéreos… ¡Así somos!… 

Sociales y ermitaños… un cúmulo de quién sabe qué ingredientes amalgamados con pegatina artificial… 

¡Eso somos! 

Aunque, a veces, parecemos una unidad concreta y certera, un roble inquebrantable, una apuesta infinita a poder fraccionar algún número primo.

Todos estos pensamientos iban arremetiendo mis neuronas, reduciéndolas y atomizándolas… sacándome del sitio mismo de la pavura, de la desolación, del desconsuelo… 

Y aunque usted no me crea… esa sola sensacion, me fue empoderando, abandonando  definitivamente ese lugar de mártir, de victima infeliz de acontecimientos superfluos...

Abrí mi mente a la realidad, quebré la pasividad convirtiéndome en acción, puse en funcionamiento mi deseo, mis gustos, mis pesares, mis posibilidades y mis límites… Y aquí me ve, escribiendo un relato, antes de salir a leer cuentos a los niños en el jardín de infantes y asistir en mis tiempos libres a aquellos hospitalizados que esquivaron la mano de alguna divinidad y estan librados a su suerte. ¡Ellos sí que están solos!

Ahora sí, mi solidaridad no es vergüenza ni sometimiento. Es mi palabra decidida y entera. 

Seguiría contándoles mi historia, pero no quiero aburrirlos, ademas, por la hora,  ya no puedo distraerme, me espera una clase de yoga y un té con amigas, hasta tal vez, visite a los nietos.

Solo les digo, porque toque fondo, porque entendí mi vida y conmigo, la de la humanidad, porque me supe humana…

 Por eso… ¡Al diablo con la soledad!

Hoy puedo decir que estoy viva y ¡Así me siento!!



La foto

Carente de inteligencia y de juventud, caminé los senderos de la tecnologia, con aspiraciones y recortes absurdos de quien sabe que fantasía megalómana, que me mantuviese en el éxito de una carrera, para la que era obsoleta antes de iniciarme.

Si de ilusión se vive… y la vida no es otra cosa que eso, traté de transitar cada instante, cumplimentando si no todos, la mayor parte de los “debes hacer” o "tienes que ser" que atraviesa lo transitorio, intentando no caer, y ante lo inevitable, evitar lo profundo, y si aún así, se imponía la reyerta… erguirme lo más pronto posible.

Con esa idiosincrasia y algunos machucones mal curados, seguí y perseguí, proseguí y reposé… No me dejé vencer ni siquiera por bombas silenciosas, ni por estruendos anónimos, continué descalza y con juanetes… transpirada y desposeída, orgullosa y engreída… indiferente y dolida, investida y hueca.

En ese contexto miserable… superviviendo como las cucarachas y las hormigas, resistente y etérea, claudiqué en el rectangular brillo de una cámara inteligente… sin poder más que apretar un ínfimo botón… botón que de funcionar, eternizaría un instante, un segundo, una escena, una ráfaga… que le juro por mí misma… no tendría a quién mostrarsela




Desilusión

 Cansada de la permanencia aburrida del que nada tiene y nada aspira, aburrida de agotar minutos de mi tiempo en el desafio imposible de afrontar esa manía insistente de enderezar herraduras, extenuada de la fatiga crónica, del esfuerzo unilateral, intentando arrastrar un carro sin ruedas, de acariciar la sortija sin poder aprehenderla, de minimizar los obstáculos recurrentes y aleatorios.

 Deseando revivir, mi energia vital, mis ganas de romper el aire y respirar solo oxígeno, superando las cumbreras caídas y el soliloquio consumido, aspiro la resurrección bordeando la simpleza matemática de la suma de días, de acumulación de horas pretéritas, huecas e inconsistentes.

 Me recreo… con mi piel tersa, mi sangre caliente, faroleando rincones inexplorados de una realidad adversa… resurgiendo de la nada…. Luciendo alguna pizca de encanto…

 Cansada, agotada,  confiada, desesperanzada, olvidada, recordada, espeluznante realidad en la antesala del retiro… 

 Fascinada por una ilusión imaginaria, despierto encorvada y encogida…

 Con las sabanas manchadas de ansiedades perplejas, sin sabor ni desconcierto, sin lágrimas ni desconsuelo, con las manos sangrantes y el alma en pena.




Excusas

 Busqué excusas para llorarte

Porque causas… no tenía.

Recurrí a otras historias fallidas

Para evitar volver a amarte.

Pasaron tiempos eternos

Desde aquellos gloriosos días

En los que vos me querías 

Y yo… te sentía siempre tierno.

Separamos nuestras vidas

Como tantos otros lo hicieron

Pero las esperanzas no se perdieron

Y te busqué en huellas perdidas

Hasta que finalmente te hallé

En las paginas fúnebres

Oscura, opaca, lúgubre…

Cabizbaja deambulé.

Nada cambió para mí

La misma ausencia

Igual carencia…

Todo continuó así

Sólo una foto estrecha 

Atando mis manos 

Encogidas y en vano

Destruidas, abatidas y deshechas. 



Grandioso Dali


 

Tomar consciencia

 Confinados, el equipo de expertos buscaba incansablemente alguna solución o paliativo para combatir al virus que amenazaba la continuidad de la especie…. 

¿Cómo podía ser? Se preguntaban obstinados… empatizando con los dinosaurios en el final de sus tiempos

Se resistían a creerlo, pero lo invisible se transmutaba en tangible y lo certero en vacilante...

La oscuridad caprichosa de la nada avanzaba inexorablemente, hasta que la sabia ciencia, se le interpuso creando una vacuna eficaz contra la peste insidiosa. 

Protegida la humanidad y alertada por lo acaecido, confirmó que su permanencia en el planeta, dependía de respetarlo, cuidarlo y amarlo.



martes, 24 de noviembre de 2020

El café

 Ingresó con la habitualidad de antaño y automáticamente buscó su rincón predilecto, testigo de cafes y tertulias infinitas. 

Al sentarse, distraído, observó al transeúnte que apresuraba su paso. ¡Cuánto esfuerzo inútil! Murmuró con zozobra.

Un joven mozo, apático, lo increpó. Confinó su clásico “lo de siempre”, mientras que en vano buscó al antiguo destinatario. 

Humeante, llegó el pocillo decorado con una moneda de chocolate, con la marca impresa del noble cafetín de Buenos Aires.  

Extrañó la sonrisa de Selene, sus manos desandando el papel brillante, para finalmente dar un pequeño mordisco y el resto, ofrendárselo a él, en su boca. Sus ojos húmedos se resistieron al llanto ¡Cuánto la extrañaba!

Sin pensarlo, tomó una servilleta e improvisó un barquillo de papel, dibujó sus nombres y un corazó


n partido, invitándolo a navegar en el constreñido cauce del recipiente.

Se marchó. Debía acudir al funeral


viernes, 26 de junio de 2020

Sin palabras




Desarticuladas en letras,
Amago a construir silabas imprecisas e incombinables,
Exponiéndolas al absurdo vacío de la inexpresión,
Al imperio banal de la energia incontrolable,
… Despótica.

Cuerpo que grita,
Ansioso y perenne,
Recorte preciso de un instante fugaz,
De una briza cambiante,
Del colapso emergente
Al derrumbe del signo vital.


Caido el signo…
Apremia el paso,
Se hace la noche,
Aúllan los lobos,
Imponiendo el olvido…

Destino biológico…
Karma[sf1]  eterno…
Carente de preguntas,
Ávido de respuestas.

Las cartas están echadas…
Solamente una sota puede salvarnos…
El comodín tachado y…
 El hueco infinito de la expiración
 Que acecha a los mortales.



Autoreflexión




Me gustan los principios
Y aborrezco los finales.
Así transcurre mi vida
En un eterno comienzo de historias
Que ya sé,
Nunca han de acabar.
Sortee decisiones,
Mientras acumulé amores
Superpuse afectos
En tanto…
Confundí vínculos.
Todo me fue posible
En un mundo de imponderables.
Todo me resultó posible
En un mundo de certezas.
La conclusión: caótica.
Tengo todo…
Y en realidad…
 No tengo nada.


jueves, 25 de junio de 2020

Delivery


Concentrado en mi propia cotidianeidad, pedaleo enérgico, intentando que mis piernas aceleren el ritmo de la bicicleta y con el danzar de las ruedas, multiplique las entregas, sumando así, algunos pocos pesos a mi existencia.
Mi condición de estudiante limita mis posibilidades de un empleo formal, y el pensionado donde vivo hace perentoria la necesidad de contar con recursos para subsistir.
Andar varias horas sobre dos ruedas y con una mochila térmica, aseguro que es un trabajo difícil. Y eso que, omito la reducida paga, las exigencias extremas y relación impersonal con una app de android.
Lo transitorio es mi expectativa… Pero ¿Cuánto tiempo es transitorio?... ¿Cuánta vida se dilapida en lo temporal?
De repente algunos motoqueros con casco, impiden mi circulación. Se me aproximan violentos. Me propinan golpes por doquier.  El dolor en mi mandíbula desprende mi morral con lo recaudado. Mientras lo toman, caigo al suelo y ellos ríen. Me duele el cuerpo.  Entreabro los ojos y veo como se alejan, pero se detienen para atracarme la bicicleta.  Como en un sueño, observo la retirada.
No puedo hacer el depósito del día a tiempo. La App, mi gran jefe, me bloqueará. Esta vez, para siempre.